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¿A qué sabe Costa Rica?

Si a uno le preguntasen a qué sabe Costa Rica, dudaría cuál sabor elegir entre los que destila su rica cocina. Lógico, aunque para encontrar una respuesta que haga justicia a todo lo que ofrece el país centroamericano conviene ir más allá del gallo pinto, el casado, los cebiches y resto de especialidades de su tradición culinaria. No se trata de pasar de largo ante tan deliciosos platos, sino de saltearlos con el resto de los muy apetecibles atractivos ticos.

El número uno es la naturaleza. Con un territorio cuya extensión es la décima parte que la de España, Costa Rica alberga medio millón de especies, el 4 por ciento de la biodiversidad del planeta. Selvas tropicales, bosques seco, lluvioso, nuboso y premontano, manglares, ecosistemas marinos, costeros y montanos; parques nacionales, refugios de vida silvestre, reservas naturales, santuarios marinos, reservas biológicas y áreas de conservación cubren más del 25 por ciento de la superficie y albergan un millar de especies de aves, más de 200 de mamíferos, 220 de reptiles y 160 de anfibios. Costa Rica, sabor de la biodiversidad a tope.

Si nos hicieran esta pregunta en San José, la capital del país, la respuesta la obtendremos en el Mercado Central, donde no queda otra que dejarse llevar por el efluvio que atrapa a todo el que cruza sus puertas y señalar, embebidos, que el sabor de Costa Rica es el que anuncia el aroma de La Cafetalera, la cafetería más antigua del país. Aquí venden “el mejor, y mejor tostado, molido y hecho, café del mundo” como señala, al tiempo que maneja la centenaria moledora, Patricia Fonseca, con una seguridad obnubilada por la sabrosura de un café amorosamente chorreado.

Y, por qué no, dirán los viajeros que gustan de las tradiciones, ya que estamos en este mercado declarado Patrimonio Cultural, no elegir el que se desprende de los ramitos de sábila, cúrcuma, gavilana, jamaica, guanábana y sorosí que ofrece en su tiendita Alberto Araya el hierbero. Su mercancía son hierbas y semillas, perdón, remedios para quienes quieren perder esos kilos de más, para los que no duermen, para los que tienen vértigo o, mejor aún, para aquellos heridos de mal de amores y para los que quieren cambiar su suerte. Estos, en cambio, dirán que el gusto no es otro que el de las nigüentas y agüizotes, inefables remedios para almas inquietas.

Venir al país tico y sumergirse en un medio natural exuberante es todo uno. Cualquier lugar vale. La costa del Pacífico es uno de ellos. Desde Guanacaste al Parque Nacional Corcovado, mentiríamos si no dijésemos que aquí Costa Rica sabe al salitre que se paladea en las playas de Flamingo y Tamarindo, y ahora que estamos en plena temporada de migración, cómo no hacer un alto en el Parque Nacional Marino Ballena y saborear la apabullante inmensidad de las ballenas jorobadas.

A la búsqueda de ese sabor definitorio, cambiemos de orilla y de mar. Nos vamos al otro lado del mapa, el que bañan las aguas del Caribe. No hace falta más que darse un paseo por el Parque Nacional Tortuguero, porción costera definida por playazos donde centenares de tortugas verdes, carey y laúd vienen para realizar sus puestas. Ante el pausado ritmo de los quelonios fieles a su cita ancestral, es fácil convencerse de que Costa Rica sabe a la más melancólica y frágil de las lentitudes.

No menos natural es el sabor que paladean nuestros sentidos en el Monteverde. Ecodestino de primer orden mundial, alberga al 50 % de la biodiversidad costarricense, destacando la variedad de avifauna. Comandados por el yigüirro, que para algo es el ave nacional costarricense, una banda de pájaros nos enseña el sabor que tiene la melodía imparable de la selva.

Tucanes, guacamayos, pájaros campana, carpinteros, pecho amarillos, trogones, tangaras, oropéndolas y, sobre todos las demás, dos especies extraordinarias: el quetzal, rayo verde emplumado del bosque nuboso y emperador de todas las aves de Centroamérica, y una constelación de diminutos brillos metálicos que nosotros llamamos colibríes.

En Costa Rica no se puede dejar de hablar de sus volcanes. Pocos mejores para la visita que el Arenal, donde se saborea el ambiente de una montaña humeante. Nada que temer, aunque del imponente cono volcánico continúa brotando una fumarola de gases, ha cesado la expulsión de cualquier material sólido y mantiene una actividad muy baja.

La subida al cerro Chato y la visita a las fuentes termales que lo rodean es una excelente excusa para apreciar su paisaje abrumador. Asombrados por el penacho que le adorna y con las terribles imágenes de La Palma en la cabeza, muchos dirán que aquí se masca el sabor del miedo a las fuerzas telúricas.

Si hablamos de volcanes en Costa Rica, el Poás es el más imprescindible. Capitán general de la región de su nombre, el camino hasta la cima es simple y comodón: un corto viaje por carretera desde la capital, a través de tentadores campos de fresas y cafetales, seguidos de una breve caminata hasta el borde del enorme cráter. En su fondo dormita un legendario lago verde.

Después de la calma viene bien algo de actividad. En plena naturaleza, por supuesto. Y en esto los ticos son maestros. Una posibilidad es lo que aquí llaman canopy, algo que los ibéricos conocemos como tirolina. Deporte de aventura apto para (casi) todos, aquí se extienden algunas de las mejores del continente americano. Entre ellas las de Monteverde.

Colgados de un cable solos o en pareja, tumbados y con la cabeza por delante a la manera de Superman, pero siempre gritando en descensos de hasta un kilómetro de longitud y una altura de 180 metros. Bajadas a toda mecha atravesando la enramada de ceibas, guanacastes, guayabos, malinches, jacarandas, sandales, quebrachos, poros, cedros (y así hasta 2.300 especies de árboles), es fácil comprobar que en Costa Rica se disfruta el sabor de la aventura.

Aventura, esta sí, para todos los públicos, son los abundantes recorridos por los parques naturales. Como el camino y las pasarelas tendidas sobre la floresta que llevan a la cascada de río Celeste, para muchos la más bonita del país. Una vez aquí, en pleno Parque Nacional del Volcán Tenorio, nada mejor que saborear el relax de los establecimientos hoteleros de su entorno.

Resumen del aroma hedonista que destila este hospitalario país, para saborearlo solo hay que alojarse en cualquiera de los superSpas que brillan como una constelación de lujo y confort en los mejores destinos turísticos ticos. Todos en mitad de una naturaleza exuberante, variada e inagotable. Costa Rica, sabor puro de la vida.

Las medidas contra la pandemia adoptadas por Costa Rica han permitido al país mantener abiertas sus fronteras desde agosto de 2020. A la hora de cerrar estas líneas se autoriza la entrada al país a menores de 18 años y turistas vacunados con las dos dosis contra la Covid19, permitiéndose las vacunas de Moderna, Pfizer-BioNTech, AstraZeneca y Johnson & Johnson, con la última dosis aplicada 14 días antes de la llegada a Costa Rica. Con independencia de edad y estado de vacunación, las autoridades costarricenses exigen a quienes lleguen a su territorio cumplimentar un formulario epidemiológico, al menos 72 horas antes de la llegada, al que debe adjuntarse el certificado de vacunación correspondiente. Una vez en el país, es obligatorio el uso de la mascarilla, así como mantener la distancia personal de seguridad de 1,8 metros y los aforos autorizados en cada lugar y momento. Más información en www.visitcostarica.com/es.

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