Economía

Así cuenta el gobernador del Banco Central de Afganistán la implosión del Gobierno y su huida

El gobernador del Banco Central de Afganistán (DAB) Abdul Qadir Fitrat se fugó hacia Estados Unidos en 2011 acusado de corrupción. Pero no hemos venido aquí a hablar de su huida —vive tranquilamente en la comunidad afganoamericana de Virginia—, sino de la que ha emprendido al actual gobernador, Ajmal Ahmady, tras verse atrapado en el aeropuerto de Kabul y amenazado por la ira talibán. Las historias de ambos mandatarios se encuentran separadas por una década, y representan dos lados contrapuestos de lo que, en esencia, es la misma moneda: la impotencia del Gobierno afgano para controlar su país.

Qadir perdió la capacidad para acuñarla hace diez años, pero si lo hiciera ahora bien podría estampar su rostro en la cara del afgani, la divisa nacional. No solo por el rostro que demostró al permitir que el Banco de Kabul fuese desmantelado para enriquecer a algunos funcionarios del régimen —formalmente democrático— establecido en el país tras la guerra vencida por Estados Unidos, sino por haber sabido caer de pie. Como tantos otros. El Ejecutivo de Hamid Karzai lo reclamó en 2012, con escaso éxito. Es la imagen de la corrupción sistémica, que casi siempre ha quedado impune en el país con el patrocinio de Occidente.

Pero la alternativa se antoja incluso peor. Es la cruz, en la que bien podría aparecer la efigie de Ahmady, enemigo declarado de los talibanes por sus ambiciosas políticas reformistas durante su breve estancia al frente del Ministerio de Industria y Comercio, y que, ahora que los integristas mandan, ha podido salvar su vida de milagro. Esta vez Occidente decidió marcharse antes de tiempo, y a este diplomático, que recorrió el camino inverso —se formó en Harvard—, por poco se le hace tarde. Es la imagen del triunfo del fundamentalismo frente a las instituciones; su historia, la de millones de afganos que buscan desesperadamente huir del país. Solo hay una diferencia: él tiene 32.000 seguidores en Twitter y unos contactos que le han permitido abandonarlo. A salvo, ajusta cuentas con un Gobierno cobarde que ha dejado solos a sus conciudadanos.

Alejandro Requeijo

Empezamos por el principio. Es viernes 6 de agosto. Ziranj cae y se convierte en la primera capital de provincia en hacerlo. Hasta ese momento, los talibanes habían conseguido controlar vastas zonas del territorio, pero siempre rurales. Desde ese momento, las demás ciudades irán desplomándose como piezas de dominó: en solo nueve días, el fanatismo toma Kabul, con el Gobierno huido y Ahmady intentándolo.

¿Qué paso en ese tiempo? El dirigente, que siempre se ha reivindicado como gobernador del Banco Central pese a que su nombramiento por decreto presidencial del 3 de junio de 2020 jamás ha sido ratificado por el Parlamento, lo resume en su primer tuit: el Ejecutivo colapsó de una forma “desconcertante y difícil de comprender”.

Desde su posición privilegiada —compaginaba la dirección del DAB con un puesto como asesor económico del Gobierno, algo inverosímil en Europa, donde los bancos centrales son organismos independientes—, Ahmady defiende su actuación al frente del regulador y culpa al Ejecutivo del descontrol de la situación. Aunque lo considera difícil de creer, el gobernador no descarta que hubiese una orden “de arriba” para no combatir a los talibanes. “Faltan explicaciones”, dice sobre el hecho de que la Fuerzas de Seguridad dejasen sus posiciones para permitir el avance fundamentalista.

El domingo fue el último día en el Banco Central, que dejó en manos de algunos funcionarios. “Me sentí fatal”, reconoce

Mientras esto ocurría, la divisa del país sufrió una cierta volatilidad, aunque nada comparado con el principio del verano, cuando se desplomó ante las primeras victorias integristas. “El DAB ha sido capaz de estabilizar la economía relativamente bien”, reivindica Ahmady. Pero entonces llegó el jueves y todo se precipitó.

Era un día de trabajo normal en el Banco Central, pese al sobresalto por la noticia de la caída de Ghazni. Herat, Kandahar y Badghis hicieron lo propio en el tiempo que el gobernador tardó en llegar a casa desde la oficina. La situación militar empeoraba y, con ella, la económica: el viernes se suspendieron los envíos de dólares y el sábado el DAB tuvo que restringir el suministro de divisas. Se desató el pánico: la suerte estaba echada.

Ahmady relata los intentos de calmar a los mercados y a la ciudadanía solo un día antes de que los talibanes tomasen Kabul ante la espantada gubernamental. Esa misma madrugada, su familia lo llamó para informarle de que el Gobierno había dejado la capital. “Me quedé estupefacto”, recuerda el gobernador. Preocupado ante las previsiones de que la ciudad cayese en un lapso de entre 36 y 56 horas, él decidió hacer lo mismo: inició la huida con la compra de billetes de avión para este lunes. El domingo fue el último día en el DAB, que dejó en manos de algunos funcionarios. “Me sentí fatal”, reconoce.

EFE

El resto ya es historia, narrada por los medios de comunicación de todo el mundo: la toma de Kabul, el caos en el aeropuerto… y la impotencia de cientos de afganos incapaces de huir. Ahmady, en cambio, tuvo más suerte. Su ‘éxito’ habla de las desigualdades en la nación, pero también guarda una intrahistoria propia que el gobernador ha vivido en su condición de hombre de Estado. Y ahí es donde la denuncia se hace más flagrante. El dirigente relata cómo muchos de los principales hombres del Gobierno ya estaban en el aeropuerto cuando él llegó, el domingo, incluso antes de la toma de Kabul. El presidente del Parlamento “parecía contento”, denuncia. Es lógico: toda la ‘nomenklatura’ pudo salir.

El gobernador del DAB lo tuvo difícil, pero finalmente lo consiguió, tras recibir mensajes que alertaban de que los talibanes iban a por él. Por un momento, temió quedarse atrapado. Cuando su vuelo fue cancelado: corrió hacia otra puerta de embarque a probar suerte, pero el vuelo —en el que pretendían viajar 300 personas pese a contar con una capacidad de solo 100 plazas— no tenía combustible ni piloto. Entonces llegaron los nervios. Afortunadamente, decidió desembarcar y unos “compañeros” le facilitaron un asiento en un avión militar asediado por la muchedumbre. Hasta se escucharon tiros.

La nave despegó —no especifica con qué destino—, pero Ahmady proclama que su camino no acabó ahí. Después de siete años de servicio al Estado, el agravio que siente al ver que no existió ningún plan para evacuarlo lo ha llevado a convertirse en un azote del Gobierno fugitivo.

“No puedo perdonar al presidente por crear esta situación sin tener un plan de transición. Tuvo buenas ideas pobremente ejecutadas”

¿Patriotismo o venganza? Ahmady concluye con un dardo hacia Ashraf Ghani, líder del depuesto Gobierno de unidad nacional, quien lo nombró a dedo: “No puedo perdonar al presidente por crear esta situación sin tener un plan de transición. Tuvo buenas ideas pobremente ejecutadas”. Pero también hace autocrítica, al reconocer la parte de la responsabilidad que le corresponde en la situación. Ya es tarde.

Este lunes, el afgani se pagaba a 0,013 dólares, Estados Unidos anunció que los talibanes no podrán acceder a las reservas del DAB en sus bancos y se cumplieron 438 días sin que el Parlamento de Afganistán ratificase a Ahmady como gobernador. Él vive su interinidad, que ahora es la de una nación entera, en el exilio, mientras Qadir sigue el penúltimo episodio en la desgraciada historia de Afganistán a través de las cadenas de televisión por cable que llegan a todos los hogares del estado de Virginia. Son la cruz y la cara, pero no les faltan monedas. La renta per cápita de su país es de 514 dólares anuales, justo antes de la República Democrática del Congo y después de Sierra Leona.

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