Salud

Así influye el latido del corazón a nuestra percepción del mundo exterior

Desde que somos pequeños aprendemos hay dos órganos esenciales para la vida: el cerebro y el corazón. Ambos representan esa dualidad que conforma la existencia humana. Mientras que uno se dedica a emitir y recibir señales del resto de los órganos (el corazón inclusive), así como generar percepciones de lo que nos rodea a través de los sentidos, el otro mantiene al cuerpo a flote, bombea la sangre al resto del cuerpo nutriendo las células. Y todo en cada latido.

Así, el cerebro está visto desde el punto de vista biológico como el centro de quiénes somos y qué hacemos. Es el que gobierna a nuestros sentidos, pone en marcha nuestros movimientos y preserva el atributo más esencial para la supervivencia: la memoria. El corazón, por otro lado, queda relegado a la función de sostener toda la maquinaria que es nuestro organismo. En los últimos años, se han publicado una serie de estudios académicos que han dado nuevas ideas a los científicos sobre el papel que juega el corazón en nuestra forma de percibir e interactuar con el entorno y que muchas veces ha podido pasarse por alto, atribuyéndoselas enteramente al cerebro.

Durante la sístole, cuando el corazón empuja la sangre por los vasos sanguíneos, el cuerpo se muestra mucho más sensible

Ya a finales del siglo XIX, el psicólogo William James y el médico Carl Lange establecieron la hipótesis de que los estados emocionales que atravesamos son la percepción que tiene el cerebro a ciertos cambios corporales que responden a un estímulo como un corazón que palpita muy rápido o una respiración acelerada y profunda. Estas sin duda son expresiones fisiológicas de ciertas emociones como miedo o ira. Desde entonces, los científicos han encontrado muchos ejemplos de esta excitación fisiológica que más tarde conducen a la emocional, como si el estado anímico de miedo no fuera la razón por la que el corazón se acelera, sino al revés.

El Confidencial

Sabemos que la actividad cardíaca se divide en sístole (cuando el músculo se contrae y bombea sangre) y diástole (cuando se relaja y la recibe). A partir de la década de 1930, los científicos empezaron a descubrir que la sístole amortigua la sensación de dolor y frena los reflejos que muestran sobresalto. Además, los sensores de presión envían señales sobre la actividad cardíaca a regiones del cerebro que la inhiben. «Esto es muy útil», valora Ofer Perl, un investigador de Inahn School of Medicine en el Hospital Mount Sinai de Nueva York, en un artículo de ‘Quanta Magazine‘ que repasa todas estas teorías. «El cerebro debe equilibrar e integrar constantemente las señales internas y externas, por lo que no puede prestar atención a todo a la vez». De ahí que el corazón también contribuya en menor medida a percibir el entorno

«Realmente, concibo la percepción de los sentidos como una especie de columpio«, asegura Sarah Garfinkel, neurocientífica de la Facultad de Medicina de Brighton y Sussex, en Inglaterra. «Cuando se detecta algo interno este sentido es amortiguado por el procesamiento de señales externas. Cuando sucede un latido, tan solo está haciendo que el peso caiga hacia uno de los lados de ese balancín».

El corazón late más rápido ante una situación de miedo porque «no quiere ser sensible al dolor, sino escapar de la amenaza»

Un estudio publicado en la revista ‘Proceeding of the National Academy of Sciences’ reunió a un grupo de participantes a los que se les administró una descarga eléctrica apenas detectable con el sentido del tacto para conseguir que la sensación no fuera registrada por el cerebro. Al final del experimento, aquellas personas tuvieron más probabilidades de percibir este diminuto estímulo eléctrico durante la diástole, mientras que en la sístole no. ¿Qué quiere decir esto? Durante la sístole, cuando el corazón empuja la sangre por los vasos sanguíneos, el cuerpo se muestra mucho más sensible, de ahí que se pueda sentir el pulso. El cerebro, en cambio, suprime o no presta atención a este tipo de señales físicas mínimas, ya que no llegan a proporcionar la suficiente información sobre el medio ambiente.

¿Y el miedo?

En 2014, Garfinkel y su equipo demostró que la forma en la que procesamos el miedo y otros estímulos amenazantes no se inhibe en la sístole. Aunque ese movimiento cardíaco activa las regiones inhibidoras del cerebro, también lo hace con la amígdala, el área concreta encargada de responder frente al miedo. Los científicos hicieron visionar a los participantes una serie de rostros entre amenazantes y pacíficos. Como es lógico, las personas reaccionaron de una manera más intensa al contemplar los que implicaban amenaza. «Lo más sorprendente del miedo es que se abre paso», asevera Garfinkel. «Es impermeable a este efecto inhibidor del corazón».

De ahí que cuando sintamos terror o una amenaza, ya sea real o ficticia, el corazón lata más fuerte y rápido. «Está en un estado de miedo, no quiere ser sensible al dolor», recalca el científico. «Desea escapar de la amenaza, aunque también mantenerse en estado de alerta. El miedo al fin y al cabo es una sensación que puede ayudarte a sobrevivir».

Alba Ramos Sanz

Pero no solo frente al miedo. El corazón mantiene una estrecha comunicación con su entorno y regula el mundo interior. Otro artículo publicado en la revista ‘Cognition‘ desveló que los parpadeos ocurren con mayor frecuencia en la sístole, mientras que en la diástole tendemos a mantener la mirada fija. Parece que el cuerpo cronometra el tiempo de exposición de nuestra vista al entorno para que exista un equilibrio entre el mundo interno y el externo. «La sístole es el punto en el que eres menos sensible al mundo, cuando el procesamiento cerebral tiende a reducirse y el mundo interior gobierna», resume Garfinkel.

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