Economía

De la URSS a China: lecciones de la historia para la apertura de la economía cubana

En la noche del 25 de diciembre de 1991, mientras la bandera soviética era arriada en Moscú pocos minutos después de que el presidente Mijaíil Gorvachov anunciara la disolución de la URSS, muchas miradas se giraron inevitablemente hacia Cuba. Hasta entonces, la isla caribeña había tenido en el gran estado soviético su principal aliado en su lucha por mantener en pie el régimen nacido de la revolución castrista, que sumaba ya más de 30 años, frente a la animosidad de su poderoso vecino Estados Unidos.

Aquella larga relación había generado tales dependencias para Cuba (hasta el 85% de su actividad comercial en 1989 era mantenida con países de la órbita soviética), que la mera idea de su pervivencia se antojaba poco menos que una quimera. Sin embargo, mientras sus antiguos socios emprendían una vertiginosa transición para trocar sus antiguas estructuras comunistas por sistemas más acordes a la economía de mercado que imperaba en Occidente, la isla entonces gobernada por Fidel Castro emprendía una obstinada carrera de resistencia que le ha permitido llegar a hoy, casi 30 años después de aquel episodio, como uno de los pocos estados comunistas del mundo, impasible frente a las persistentes dificultades económicas, los relevos en su cúpula o las presiones internacionales.

Sin embargo, el estallido en las últimas semanas de una serie de protestas que se han extendido por el conjunto de la isla, ha vuelto a avivar las expectativas de que Cuba pueda encontrarse a las puertas de un cambio profundo en su sistema político y económico. Es cierto que a lo largo de más de seis décadas, el régimen comunista cubano ha sido capaz de contener anteriores levantamientos sociales (como el ‘maleconazo’, en agosto de 1994) sin la necesidad de aplicar reformas de calado, diversos expertos consideran que las protestas actuales cuentan con una serie de características particulares —capacidad de coordinación a través de internet, dificultad del régimen de ‘exportar’ la oposición favoreciendo la huida de los descontentos hacia Estados Unidos— que podrían dotarla de mayor fuerza.

Javier G. Jorrín

“La mayor diferencia con la revuelta actual es que la crisis de 1994 y otras protestas que ha habido en la isla han sido siempre locales, mientras que el movimiento actual parece que se extiende a un gran número de ciudades y distritos. Cabe, pues, avanzar la hipótesis de que si los líderes militares cubanos enfrentaran episodios de gran malestar popular como los de Beijing y Berlín en 1989, podrían inclinarse a optar por la búsqueda de un acuerdo con los manifestantes en lugar de lanzar una dura represión contra los ciudadanos”, observa Josep M. Colomer, profesor de ciencia política en la Universidad de Georgetown y autor de ‘Democracia y Globalización‘ (Anagrama, 2021).

Colomer pone un especial énfasis en el estamento militar, que representa algo más del 0,5% de la población total (el doble que en los países desarrollados), como el sujeto clave que podría inclinar la balanza a favor de una mayor apertura económica en el país. “El Ejército es la institución más poderosa, mejor organizada y más secreta del país”, señala para dejar claro que la institución podría ver en peligro sus privilegios si entiende que la desafección se está extendiendo entre a población. “En realidad, una clase empresarial militar puede encontrar mejores oportunidades para prosperar en una economía más abierta. La perspectiva de nuevas oportunidades económicas para los funcionarios civiles y militares puede disminuir su lealtad a ciertas políticas tradicionales del régimen, en particular si requieren su participación activa en la represión de revueltas de masas”, explica.

Son estas perspectivas las que invitan a pensar en qué caminos podría transitar Cuba para llevar a cabo su transición desde una economía planificada y fuertemente centralizada a un sistema más liberalizado, con mayor margen para la iniciativa privada. Una misión en la que resulta lógico mirar a las lecciones que ha dejado la historia de regímenes comunistas que ya afrontaron esta tarea previamente.

El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, junto a su predecesor, Raúl Castro. (Reuters)El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, junto a su predecesor, Raúl Castro. (Reuters) El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, junto a su predecesor, Raúl Castro. (Reuters)

Lo cierto es que el de las reformas económicas no es un asunto nuevo en la isla. Si ya Fidel asumió, aunque a regañadientes, acometer algunos cambios en la década de los 90 para hacer frente a la crisis en que sumió al país el colapso de la URSS, desde 2006 sería su hermano, Raúl Castro, el impulsor de un amplio plan reformista que tenía como pilares la reducción del sector estatal, acompañado por mayores facilidades para la iniciativa privada —con especial foco en el sector agrícola— y la simplificación del sistema monetario. Aquel programa, coincidente con un periodo de amplio respaldo por parte de la Venezuela de Hugo Chávez, y el auge de la industria turística hicieron atisbar ciertas esperanzas sobre las posibilidades de que Cuba se adentrara en una etapa de mayor prosperidad económica. Sin embargo, esas expectativas pronto se fueron diluyendo.

“Las reformas estructurales de Raúl Castro estaban bien orientadas hacia el mercado, pero fueron muy lentas, sometidas a muchas restricciones, impuestos muy altos y desincentivos y, sobre todo, vaivenes en las políticas”, explica en conversación con El Confidencial el profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh Carmelo Mesa-Lago, quien lamenta que bajo Migue Díaz-Canel, que asumió la presidencia de Cuba en octubre de 2019, se ha mantenido una política continuista, incapaz de subsanar los defectos de la anterior. La crisis de Venezuela, el recrudecimiento del embargo estadounidense durante el mandato de Donald Trump y el impacto del coronavirus sobre la industria turística han completado un cóctel destructivo para un país cuya economía se contrajo casi un 11% en 2020, según los datos del Gobierno.

El país “enfrenta importantes desafíos crediticios debido a la disminución de las perspectivas de crecimiento, ya que el acercamiento con Estados Unidos se ha estancado, el progreso de las reformas económicas es lento y existe una tensión persistente en la balanza de pagos, que se ve agravada por la dependencia del gobierno de Venezuela para las importaciones de petróleo subvencionadas. El impacto en Cuba inducido por la pandemia del coronavirus será severo y resultará en una fuerte contracción de la actividad económica, lo que tensará aún más las finanzas externas de Cuba”, señalaba la agencia Moody’s en una nota fechada el pasado 28 de enero. Por entonces, los analistas de Moody’s aún esperaban que la economía cubana se expandiera este año un 4,5%, pero estimaciones más recientes, como la de CEPAL (la Comisión Económica Para América Latina y el Caribe), rebajan esas proyecciones al 2,2%, cifras que a Mesa-Lago aún le siguen pareciendo muy difíciles de alcanzar, dada la parálisis de la actividad turística.

El modelo de Vietnam

La sequía en la entrada de dinero internacional —tanto por la crisis turística como por las limitaciones a la inversión extranjera directa— supone un problema crucial para un país que sufre desde hace varias décadas un elevado y creciente déficit comercial (las exportaciones de la isla se sitúan casi a la mitad que en 1989), que le ha llevado recientemente al impago de sus deudas y que explica en buena medida los problemas de desabastecimiento a los que se está enfrentando Cuba.

Para Mesa-Lago esta situación justificaría que el país impulsara de forma urgente una reforma económica como la que acometieron hace ya varias décadas China y Vietnam en el sector agrícola. “Si Cuba siguiera, con los ajustes necesarios, el exitoso modelo chino-vietnamita, especialmente en la agricultura (permitiendo a todos los agricultores plantar lo que quieran y vender todos sus cultivos a quien les plazca a precios fijados por la oferta y la demanda), la isla sería autosuficiente en alimentos en seis o siete años y sobreviviría a la crisis actual”, sostiene el profesor de Pittsburgh.

Precisamente el modelo del “socialismo de mercado” de China y Vietnam ha sido presentado con frecuencia como una de las vías de desarrollo más factibles para Cuba, ya que permitiría a los dirigentes comunistas conservar el poder político, al tiempo que favorecen una mayor libertad económica, que en ambos países asiáticos ha resultado evidentemente exitosa. Sin embargo, y aunque en ocasiones ambos países hayan sido citados como modelos, los dirigentes cubanos se han mostrado, hasta la fecha, poco dispuestos a permitir el grado de desarrollo de la economía privada que está en la base del éxito de aquellos.

Carlos Sánchez

“¿Cuánto de las experiencias económicas de los últimos 40 años de los ‘países socialistas hermanos’ está Cuba dispuesta a implementar?”, se pregunta el politólogo noruego Vegard Bye en su tesis ‘The End of an Era – or a New Star? Economic Reforms with Potential for Political Transformation in Cuba on Raúl Castro’s Watch (2008-2018)‘ (2019). “Las reformas del mercado en Cuba han sido mucho más cuidadosas y han experimentado una clara reacción después de los primeros años de las reformas de Raúl. Este es el caso de las libertades de mercado y las oportunidades de ganancia, inversión y expansión para los empresarios privados, así como para los agricultores/campesinos y, más sorprendentemente, también para las cooperativas. Cuba, en realidad, y a pesar de las medidas para sancionar las ilegalidades, parece preferir una economía de supervivencia mayoritariamente negra a un mercado más regulado para las pymes, los productores artesanales y los agricultores”, añade Bye.

En su tesis, el estudioso noruego plantea un amplio abanico de modelos sobre las formas que podría adoptar una reforma político-económica en Cuba, en función del mayor o menor grado de libertades que llegaran a permitirse. Varios de estos modelos dependerían de la disposición a la adaptación del propio régimen, como sería en el caso de los modelos más acordes al ejemplo de China y Vietnam. Pero tampoco puede obviarse la posibilidad de que estos cambios vengan forzados por las protestas de la población ante la falta de respuestas de la clase política.

“Si bien Cuba ha sido mucho más restrictiva con la introducción de mecanismos de mercado y la apertura al crecimiento del sector privado por temor a perder el control político, ese control puede eventualmente perderse precisamente porque la excesiva precaución está conduciendo a una crisis económica cada vez más profunda que hace que cada vez es más difícil mantener el contrato social con la población y mantener un sistema en funcionamiento”, comenta Bye. Una visión que es compartida por Mesa-Lago: “Es más peligroso el deterioro económico que se está viviendo, con una escasez brutal de alimentos, de medicinas… han vuelto los apagones eléctricos. Eso deteriora el régimen más que si se hubieran adoptado reformas al estilo de China y Vietnam que mejoraran el nivel de vida de la población”.

La resistencia a las reformas podría conducir al régimen a un callejón sin salida

De hecho, ni siquiera puede descartarse la posibilidad de un final por colapso del propio régimen, si este pierde el control de la situación. “Ciertos rasgos de la situación cubana, como la fuerza del Ejército y la relativa debilidad de los grupos políticos de oposición, no deberían ser elementos determinantes para descartar la posibilidad de un cambio de régimen por colapso súbito. El deterioro de las condiciones económicas y las expectativas frustradas generalizadas podrían generar una amplia revuelta popular. Esto pondría al Ejército en el dilema crucial de disparar o no a su propia gente, abriendo así la puerta a rápidas transformaciones políticas”, sostiene Colomer.

Un proceso como este entroncaría con las transformaciones vividas en la antigua URSS, donde los planes de reforma de Gorbachov (la perestroika) acabaron desmoronándose ante el empuje de los hechos. “El viejo sistema se derrumbó antes de que uno nuevo tuviera tiempo de empezar a funcionar“, apuntó entonces el líder soviético.

De aquel proceso surgieron distintos modelos de transición, en su mayoría hacia regímenes democráticos y capitalistas, en los que no faltaron los éxitos pero también se revelaron cuantiosos problemas. En este sentido, Bye señala el caso de Rusia (también, en otro contexto, de Angola) bajo el paraguas de lo que considera un “neopatrimonialismo oligárquico”, en el que la antigua clase dominante política acapara el poder económico del nuevo régimen, algo que en el caso de Cuba podría darse en el caso de los militares, con el riesgo de que el nuevo sistema naciera viciado por fallos de corrupción y desigualdad. “Existe una preocupación generalizada de que el creciente poder económico de las corporaciones controladas por militares conducirá gradualmente al enriquecimiento de los líderes militares de estas empresas y en general de los líderes políticos”, observa.

Ramón González Férriz

Obviamente, también pueden observarse modelos más satisfactorios, como los de las antiguas repúblicas bálticas, Polonia o Georgia. Y tampoco existen límites en los desarrollos ‘a posteriori’, hasta el punto de que lo que Mesa-Lago señala como su modelo predilecto no es ni más ni menos que el de la evolución hacia un sistema democrático al estilo de los países escandinavos con una economía mixta, en el que la iniciativa privada encuentra acomodo al abrigo de un sector público poderoso, garante del estado del bienestar. Sin embargo, como el propio profesor de la Universidad de Pittsburgh admite, esta parece una meta excesivamente ambiciosa en el momento actual para un país carente de experiencia democrática y en el que los líderes del régimen se muestran tan reacios a un mínimo aperturismo.

Lograr al menos esas transformaciones económicas largo tiempo demandadas (en especial, un mayor margen para la creación de empresas privadas, menores restricciones al comercio, sobre todo en el ámbito agrícola, y una amplia reforma impositiva) parecen a día de hoy pasos más realistas y capaces, por sí, de aliviar la difícil situación que vive el país.

La historia de las transiciones de los estados comunistas ofrece modelos que pueden ser imitados en este sentido. También ofrece ejemplos de cómo la resistencia a las reformas puede llevar al colapso del sistema. Más escasos, en cambio, son los casos de regímenes autoritarios fuertemente centralizados capaces de sostenerse durante más de medio siglo sin limitar las restricciones a la actividad económica. Cuba en este sentido se mantiene casi como una isla en el escenario económico actual. Por cuánto tiempo y qué rumbo seguirá resulta imposible adivinarlo, por muchas pistas que ofrezca la historia.

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