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De Napoleones, aumentativos y Máster 30: sobre la etapa del Picón Blanco

Los aumentativos es lo que tienen… desatan expectativas no siempre fáciles de cumplir. La Vuelta a Portugal, por ejemplo, que le dicen ‘La Grandissima’, y oigan… vale que en plan disfrute puro y duro resulta potente, pero es que es cosa de ir enarcando cejas a cada instante. Tu amigo con pelazo, que luego está gordo. Arbeloa, que le llamabas paquetón y… bueno, en fin, aquí todo correcto. También con el chico este del que se envían fotos en el WhatsApp… ese que llevaba una manguera, igual se acuerdan…

Pero siempre tienes ese peligro, ¿no? Incumplir expectativas. Pues imaginen llegar a un sitiuco que llaman Picón Blanco. Picón. Blanco. Si es que acojona. Por dónde coño nos meten estos de la Vuelta. Los Montes Vindios. Las Léfka Óri. Mont Blanc. Todo eso. Pero, además, aumentativo. Picón. Como el queso, la montera, ese colega suyo que nunca acepta bien la derrota, y dice que el mando de la ‘play’ favorece al contrario. Espacio perfecto para épica. Qué ganas de ver cómo lo traducen los periodistas ingleses…

Un grupo de ocho escapados durante la tercera etapa de La Vuelta. (EFE)Un grupo de ocho escapados durante la tercera etapa de La Vuelta. (EFE) Un grupo de ocho escapados durante la tercera etapa de La Vuelta. (EFE)

Porque, además, el sitio se las trae. Más allá del nombre, digo, que a veces estas cosas engañan. Miren ustedes las Supremas de Móstoles, que solo cumplían una de las dos promesas. Y, en fin… que Picón Blanco. Desde Espinosa de los Monteros, sitio ideal si les gusta esto del cicloturismo, oigan. Paraíso, pero debe agradarle a usted el tema de los puertos, advierto. Picón, por enlazar con lo que hablábamos. Ocho kilómetros y medio al nueve por ciento de pendiente. Con trucos, porque tiene tramos (relativamente) largos a modo de descanso. O, dicho de otra forma, que cuando sube, sube aún más. Y pica, pica de cojones.

Hasta el diecisiete por ciento de máxima, que es algo que a mí no me llama mucho la atención, porque a veces miramos datos sin tener en cuenta distancias y dureza sostenida. Pero aquí sí, amiguetes. La segunda parte, sobre todo. Enganchas allí tres kilometrines que cada cosa por debajo del doce es fiestuca y respirar. Vamos, que muy duro. Arriba, además, hay una estación militar abandonada, y eso siempre da marcialidad al tema. Pena que Ugrumov ande retirado y por Turquía (imagino), porque un teniente del ejército rojo aquí te monta la de San Quintín (o la de Krasnoi, mejor). En fin.

El sitio ideal del cicloturismo

Ah, allá arriba hay una carretera que comunica con el Portillo de la Sía. Sobre La Sía hizo un poema Gerardo Diego, que era poeta melifluo y pusilánime (dos de las peores cosas que puedes ser si te pones a trenzar versos). Pero el poema bien. El de La Sía, digo. Que era Diego, joder, que es poeta menor pero tampoco un ripioso cantautor canallita con camisa de rayas y sombrero bombín. La Sía también muy bonita. Y dura. Suban algún día con la bici, que merece la pena.

En fin, que etapa, además, relativamente larga para los estándares de hoy. Algo más de doscientos kilómetros. A ver, no es la Luchon-Bayonne, claro, pero yo es que veo superar las cinco horucas y ya tengo lagrimita cayendo desde el ojo. Ya ven, un clásico. A ver, todo más o menos llano, y hasta tendencia a bajar durante un ratito, pero… En fin, tampoco vamos a esperar heroicidades en Manquillo o Bocos, también les digo.

Los corredores durante la tercera etapa de La Vuelta. (EFE)Los corredores durante la tercera etapa de La Vuelta. (EFE) Los corredores durante la tercera etapa de La Vuelta. (EFE)

Y eso… Krasnoi, que en Picón también hace un frío de cojones a veces. Jumbo es la Grande Armée, y el resto parecen pueblitos de todas las Rusias. Qué posibilidades tengo, me van a pasar por encima. A ver, quién más quien menos esperaba un hostión de Roglič, para qué engañarnos. No, un hostión de Roglič no… el clásico hostión de Roglič, porque a estas alturas de la peli ya tiene preparados los papeles para patentar la arrancada esa a setecientos metros (curva arriba o abajo). Trenecito chucuchú hasta allí y después… eso… te alzas en el sillín, pones cadencia y subes sentado. Como cualquier periodista en esas mismas rampas, pero al revés y sin dar pena, penita, pena. A lo sumo que le siga Carapaz, o Bernal, o los dos, o el Almirante Nelson.

Y luego… él. Mikel Landa. Que entrena mucho por aquí, dicen. Que salía mucho por aquí, cuentan, en verbenas y saraos, antes de centrarse por completo en su carrera como ciclista de élite y abandonar el ‘dolce far niente’ de nocturnidad y no alevosía. A ver, el del fondo, el que está esbozando sonrisas irónicas… salga de la habitación y me da catorce vueltas al colegio. Así que motivado, oigan, que qué buenos recuerdos. De la bici y lo otro. Vamos, vamos. Tampoco es atacar cogiendo el manillar abajo, pero un detallito, un gesto, un guiño a la cámara, que todos te veamos, Mikel, que enardezcas a las masas. También etapa importantilla para Ineos y los dos Movistar, MAL y Mas (que tiene nombre de tebeo firmado por Ibáñez, ‘Mas’ y MAL, ciclistas sin igual’). Igual no tanto abrir diferencias como establecer jerarquías, que luego entramos en rollos de tricefalias y eso me da cefaleas. Sumen unas cuantas sorpresas poco (Vlásov, Carthy) o muy sorprendentes (tenemos relleno para dar y regalar) y nos queda etapa de lo más interesante, ¿no? Tararí, allá a lo lejos Moscú. Hostia, qué rasca.

La escapada de ocho corredores

Solo que, a veces, las cosas no van como pensábamos. Roglič, por ejemplo, andaba con rostro regulero, así que Jumbo dijo mus. Bernal y Carapaz parecido, así que Ineos… pues eso. Escapada grandota de ocho, diferencia que se dispara, maillots de los que ves siempre en este tipo de tinglados (Caja Rural, Burgos, Euskaltel), otros muy elegantes (Trek) y alguno bastante feo (ese Wanty con sus cintas verdes fosforitas que parecen un flash de lima limón). Y eso, subimos para el Picón y aquello parece una castañera en octubre, todo lleno de frutos que caen. Al final quedan por delante solo tres tipos peculiares. Joe Dombrowsky (afamado crítico en ‘tripadvisor’), Kenny Elissonde (que ganó en el Angliru y es realmente pequeñito) y Rein Taaramäe.

Rein Taaramae, esta temporada. (EFE)Rein Taaramae, esta temporada. (EFE) Rein Taaramae, esta temporada. (EFE)

Taaramäe es un tipo peculiar. Treinta y cuatro años tiene, la criatura, y es de esos que siempre parece llevar una bici dos tallas más chica de lo que debiera. Pero yérguete un poco, Rein, estira el lomo. Y nada. Eso sí… vaya nombre. Rein Taaramäe. Acojona. El tipo es veterano de varias guerras. Estuvo en Trafalgar, en Austerlitz, también en eso de las pirámides, cuando al corso se le fueron unos siglos y dijo aquello de “cuarenta siglos os contemplan”. Fíjense si tendrá historia Rein que hasta ganó en la Farrapona, y segundo hizo Juanjo Cobo, y Juanjo Cobo ganó aquella Vuelta, que fue en 2011, solo que no, que al final ganó Froome, y Cobo está ahora retirado, y Froome sigue corriendo, pero también está retirado, y Taaramäe ahí lo ves, repitiendo victoria. Acelerón a poco de meta, brazos en alto. Etapa y amarillo. Premio grande. A la vejez, viruelas.

¿Y por detrás? Pues oigan… Amenazas. Que ataco, ¿eh?, que ataco, agárrame o ataco. Como cuando se pegan dos veinteañeros en mitad de un parking, que uno es fan de Tangana y al otro le gusta Bad Bunny. Pues parecido. Primero amenazan los Jumbo, que ya verás el hostión de Roglič. Solo que… apenas recortan diferencias, o sea que igual es farol. Luego entra el equipo de Landa, y Landa va con buena cara, y Landa tira besitos a las espectadoras, mira, allá andan los de la cuadrilla, qué tal colegas, pero tampoco es que quiten demasiado a la fuga… Hasta anduvo en cabeza de pelotón el Burgos, y el DSM, incluso algún maillot del MX Onda creo que vi. En resumen… nada. Carapaz sufre, porque la púrpura pesa, pero el oro aun pesa más, y sobrellevar depende qué celebraciones debe de ir malísimo para la bici. Luego da un latigazo Valverde, preocupado por la ventaja que estaba pillando Taaramäe en la clasificación de Máster 34. Al fin, cuando quedan ciento cincuenta metros para la última línea soltó un ataque de-mo-le-dor Enric Mas, consiguiendo renta magra de tres segundos, y dando la sensación de que, si va bien, ha dejado pasar el día bueno, y si va mal… en fin, ‘pa’ qué te metes. Detrás, juntitos, todos los buenos, salvo lo de Carapaz que comentamos, y lo de Carthy (ya les dije ayer que Burgos no es coto británico en agosto). Tablas, por así decirlo.

Ah, Taarämae saludaba desde el pódium, con sus arrugas, su petate lleno de sestercios y sus recuerdos de Alejandro Magno.

Aumentativos… los carga el diablo.

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