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Del Angliru al Gamoniteiro, la Vuelta a España busca un nuevo mito

A veces hay que crear mitos para engrandecer las historias. O para contarlas mejor, vaya. Una excálibur (o una caladbolg, si no quieren ser ‘mainstream’), un monstruito en el Lago Ness, una sangre licuándose. Hasta lo del helado de Bahamontes…

Pues aquí lo mismo. En lo de las bicis, digo. Mitos que nacen por sí solos, sin necesidad de otra cosa que no sean años y gestas. El Tourmalet, que lleva ya siglo y pico mirándonos sin guiñar ojo, sin suavizar esas ramponas que hay pasando por La Mongie. O Galibier, que tiene cara de señor viejo y dientes como lobo medio dormido. También Mont Ventoux, con su Petrarca y esas cosas. Y el Stelvio, que fue fabricado por miedo a Bonaparte, y ya solo eso te abre un cachito en las enciclopedias. Eso y Carlo Donegani, claro, que es uno de los tipos más adorables que jamás haya dado la Humanidad, con su gusto por las horquillas, y la estética, y la absoluta falta de complejos.

Otras veces los puertos son más recientes, o lo es su huella en la memoria. El Mortirolo, por ejemplo. Alpe d´Huez, desde los cincuenta, pero más desde los setenta. Gavia. Hasta Finestre. O Lagos de Covadonga aquí cerquita, en Asturias. El puerto que necesitaba la Vuelta. El que llegó en 1983. “En el Tour nunca he usado un piñón con más de veintiún dientes… y aquí hubiese necesitado al menos uno de veintitrés”, dijo Bernardo Hinault, que, como buen mustélido, sabía un montón de dientes afilados…

Etapa de La Vuelta. (EFE)Etapa de La Vuelta. (EFE) Etapa de La Vuelta. (EFE)

Buen complemento a La Vuelta

Le vino bien a la Vuelta, dijimos. Porque hasta entonces… bueno, casi erial. Urkiola desde la primera edición, también La Sía. Luego, en los cuarenta, El Escudo, y van Looy echando pie a tierra años más tarde. Herrera, Orduña, Peña Cabarga conquistada por un carnicero (de profesión, aclaramos), Sierra Nevada, cositas por el Sistema Central. Parches, media montaña, o baja-alta montaña, si prefieren. Nada con lo que epatar allende los Pirineos, la verdad. Allí el Tour de tira por Izoard y Vars, el Giro sube hasta las Tres Cimas. Como comprenderán ustedes se quedaba chico el Alto de El León…

Y, al fin, los Lagos. Los Lagos de Covadonga, les mal llamaron. Los Lagos de Hinault, dijo algún periodista chistoso, porque periodistas chistosos sin puta la gracia los hemos tenido siempre. Que ya verás tú, el Caimán (al sur de los Pirineos daba como cosa decirle Tejón, porque igual la gente es muy urbanita y nunca ha visto un tejón de mala hostia, que da mucho miedo), que aquí sentencia la Vuelta, que a ver cuántos minutos al segundo. Ese tono. Todo preparado para la masacre. Y no defraudó.

Sucede que aquella primavera Bernard fue menos Hinault, y los españoles le anduvieron buscando las cosquillas cada vez que la carretera miraba al cielo. Por Panticosa, por Bonaigua. También, claro, en Asturias. Allí se salió Marino Lejaerreta, allí sufrió como un perro el de Bretaña. Tirando de riñones, de brazos, llevando cadencias que con las que hoy nos echaríamos las manos a la cabeza. Derrotado, absolutamente hundido. El nuevo puerto epata al mundo, la Vuelta ya tiene un rostro.

Tres corredores antes de una etapa de La Vuelta. (EFE)Tres corredores antes de una etapa de La Vuelta. (EFE) Tres corredores antes de una etapa de La Vuelta. (EFE)

(Solo que después Serranillos, y Fignon rompiendo todo, y Belda a rueda, y Marino a rueda, y el Tejón se destroza la rodilla destrozando organismos ajenos. Pero esa es otra historia).

Entonces… a manosear el mito. Escaladas grandes, pequeñas. Legendarias unas, olvidables las de más allá. Delgado, Herrera, también Pino, o Dietzen, o Rincón y Jalabert. Sucede que los tiempos cambian, y con los tiempos cambiamos nosotros, y los ciclistas, y las bicis, y ahora hay desarrollos más grandes, y asfaltos más finos, y preparaciones más medidas, y donde antes se subía a diez por hora haciendo eses ahora tiras a casi el doble, bailando sobre la máquina y sonriendo para las fotos. El infierno tuvo una ola de frío, convirtiéndose en aquel sitio donde todos quieren veranear. Y, claro, tuvimos que inventarnos algo nuevo…

Lo llamaron Gamonal, porque aún no sabían cómo se llamaba, y Gamonal era un picacho allí, cerquita, y además sonaba bien, como a sitio donde te dejas los tendones y varios minutos. Luego un paisano dijo que no, que aquello no era así, que se le decía Anglirú (de primeras, incluso, Anglirú), y era todavía mejor, porque acojona el doble, con ese repique a pueblo y verde y niebla. Y con Anglirú se quedó. Ahora sí, nada de desarrollos, nada de pinganillos. Retorcerse como perros. Contamos en su día cómo fue aquella primera etapa, así que mejor ni nos extendemos.

Etapa de La Vuelta. (EFE)Etapa de La Vuelta. (EFE) Etapa de La Vuelta. (EFE)

Vuelve Calar Alto

Desde entonces, ya dos décadas, pues otros descubrimientos. Algunos salieron bien, y se han quedado allí. Calar Alto, por ejemplo, que vuelve en 2021, y menudo puerto más serio para hacer diferencias si se quiere, ¿eh? Otros… pues experimentos a medio camino entre la excentricidad y lo inútil. Bola del Mundo, por ejemplo, cuyo máximo atractivo era estar cerca de Madrid. O aquella aberración del Cuitu Negro, que consistía en coger un puerto histórico (Pajares) y alargarlo con pistas de esquí asfaltadas para la ocasión (con lo bonito que queda el asfalto en mitad de una montaña, ¿eh?, y la falta que hace) por donde los corredores subían reptando, de diez en diez metros. La quintaesencia de la tontería altimétrica. Que esa misma Vuelta se decidiera dos días más tarde camino de Fuente Dé (pendientes moderadas) tras un ataque de Contador en el Collado de Hoz (pendientes moderadas) tuvo cierto sabor a venganza por parte del ciclismo clásico…

Toca innovar, porque el ser humano siempre aprecia las novedades. Somos así, qué se le va a hacer. La de este año sí que parece preparada para mantenerse. Quizá, incluso, manoseemos un mito para el futuro (aunque hablar de eso antes siquiera de llegar por vez primera es un poco así… me disculparán la boutade). Se llama Gamoniteiro, y será final en la decimoctava etapa…

De primeras… descripción. Jornada dura. Después de llegar a los Lagos (casi como si pasasen el testigo). Unos Lagos con esteroides, recorrido previo bastante interesante. Piernas cansadas. Y el día grande… pues también. Puertos para aburrir (puertos que, ojo, muchas veces nos han aburrido, así que no canten aun victoria). San Lorenzo, Cobertoria, Cordal. Terreno hay, si se quiere. Pero eso… si se quiere.

Varios corredores durante una etapa de La Vuelta. (EFE)Varios corredores durante una etapa de La Vuelta. (EFE) Varios corredores durante una etapa de La Vuelta. (EFE)

El cruce de Cobertoria

Y luego, la gran estrella. Esto es peligroso, porque poner lo más duro al final suele ser sinónimo de decepción previa. Ojo… mejor que vengan ya masajeaditos con su desnivel en el ciclocomputador, porque entonces es cuando los muslos dicen que oye, mira, mejor no. Aunque haya calma no vamos calmados…

“Yo creo que no pasará nada hasta el cruce de la Cobertoria”, me dice Coque Uría. Coque fue ciclista profesional en los años noventa. Escalador, de los buenos. Clas, Mx Onda, Kelme, hasta el Polti. Pedigrí. Asturiano, así que conoce la zona. Y el Gamoniteiro, Coque, ¿lo has subido? Él ríe. “Pues no, aun no. Es que aquí hay puertos de sobras como para meternos en cosas tan duras”, Vuelve a reír. “Pero hay una expectación brutal, con grupetas grandísimas marchando allí. Todos hablan del alto. Será un gran día”.

Cuando Coque cita el cruce de Cobertoria se refiere a una de las particularidades de Gamoniteiro. En fríos números… quince kilómetros a casi el diez por ciento. Solo así… asusta. Parecido, para que se hagan una idea, al Col de Portet, donde ganó Pogačar en julio. Un poco más corto, un poco más empinado. Soberbio. Y dos partes bien diferenciadas. Los (casi) nueve primeros kilómetros coinciden con la subida a la Cobertoria. ¿La recuerdan? ‘Culo suelo’, ‘bici flogues eléctricas’. Qué grande Alex Zülle, coño. Pues esa Cobertoria. Sucede que de aquellas el puerto era conocido por su pésimo asfalto, y decían que si para bajar era de los más peligrosos. Así que hicieron un arreglo. Como la administración no tiene alma, y nunca piensa en los ciclistas gorditos, aprovecharon para ampliar plataforma y eliminar curvas. ¿Resultado? Lo que era duro ahora lo es más. Siete kilómetros centrales al diez de media, por andar redondeando. “Cobertoria sí que lo conozco bien, sí… lo subí y lo bajé, que antes era casi más difícil, jajaja”, sigue Coque. “Es muy, muy dura, más aún de lo que era en mis tiempos, porque han recortado unos cientos de metros. Lo que me dicen es que, por pendientes, Gamoniteiro no es tan difícil, pero con lo que llevan antes”…

El pelotón durante La Vuelta. (EFE)El pelotón durante La Vuelta. (EFE) El pelotón durante La Vuelta. (EFE)

Ahí está la clave. Cambio y casi siete kilómetros a cima. Todo cambia. “Yo creo que hasta el cruce nadie hará nada. Hoy en día, con los equipos tan fuertes y la manera que hay de correr, que todos van rodeados de sus gregarios, midiendo watios y demás… difícil”, sigue Coque. Pero de allí hasta arriba… “De allí hasta arriba sí, hará diferencias. Bastantes, seguramente”. En pocas palabras… los últimos cinco kilómetros, desde Collá Fresno, tienen una media superior al diez por ciento. El final, directamente, se va por encima del trece. Un infierno. Carretera estrecha, mutación completa desde la Cobertoria. Y el paisaje. Empenachado en nubes, piedras sueltas aquí y allá, calizas que asoman como dientes blancos de una montaña nunca demasiado quieta. Rampas continuas por encima del doce, una final, justo allá, en lo último, que alcanza el diecisiete. ¿El puerto más duro que haya subido nunca la carrera? Se puede discutir, y no es poco. Diferente al Angliru. Menos picos inhumanos, más dureza que se sostiene en el tiempo. Aire casi clásico, aunque parezca mentira.

La Vuelta anhela un nuevo mito y Gamoniteiro espera. Luego todo dependerá de las ganas, y de las fuerzas, y de quién haga esto o aquello… Pero, a priori… no se lo vayan a perder.

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