El ADN ya se puede recuperar del aire: los malos van a tenerlo más difícil después de cometer una fechoría, y los forenses, más fácil

El ADN ya se puede recuperar del aire: los malos van a tenerlo más difícil después de cometer una fechoría, y los forenses, más fácil

La existencia de crímenes que no han podido ser resueltos por los cuerpos de seguridad pone sobre la mesa lo difícil que es cerrar algunos casos. La ciencia es un recurso muy valioso que puede ayudar a los investigadores a extraer pruebas de escenarios en los que aparentemente no hay nada. Pero a veces ni siquiera con las técnicas científicas más avanzadas es posible dar con la solución.

Afortunadamente, este escenario podría cambiar. Y es que la ciencia sigue avanzando, tanto que está a punto de ponérselo aún más difícil a los delincuentes. Un grupo de investigadores de la Universidad Queen Mary de Londres ha conseguido recuperar con éxito y por primera vez ADN animal directamente del aire. Y este hito cambia las reglas del juego. Quizá, incluso, para siempre.

Esta tecnología tiene aplicaciones forenses, sanitarias y ecológicas

Todos los seres vivos, tanto las plantas como los animales, dejamos inevitablemente trazas de nuestro ADN en el medioambiente como resultado de nuestra interacción con él. Hasta ahora la tecnología nos permitía recuperarlo siempre y cuando hubiese sido depositado sobre una superficie en un plazo de tiempo lo suficientemente breve para que no se hubiese iniciado su degradación.

Estos investigadores han recuperado las moléculas de ADN que quedan suspendidas en el aire durante cierto tiempo después de que se haya producido la interacción entre un ser vivo y el entorno

Lo que estos investigadores han conseguido es recuperar las moléculas de ADN que quedan suspendidas en el aire durante cierto tiempo después de que se haya producido la interacción entre un ser vivo y el entorno. Esta es la razón por la que los científicos llaman a este recurso ADN ambiental.

Desde hace varios años los ecólogos utilizan este material genético para analizar la relación que existe entre algunos organismos y los ecosistemas acuáticos en los que viven, pero la posibilidad de recuperarlo no solo del agua, sino también del aire, pone en nuestras manos una herramienta muy poderosa que puede tener aplicaciones muy potentes en ámbitos muy diversos.

Durante su experimento los investigadores introdujeron en una habitación una jaula con varias ratas topo desnudas, un pequeño roedor que tiene unas características físicas muy peculiares. Y después tomaron varias muestras del aire para comprobar si su técnica de análisis era lo suficientemente sensible para permitirles identificar las moléculas de ADN procedentes del cuerpo de estos pequeños animales.

Y tuvieron éxito. Pero no solo lograron recuperar el material genético de los roedores e identificar correctamente su especie; también recuperaron ADN humano. Su propio ADN. Este hallazgo evidencia la potencia de una técnica que puede tener un impacto disruptivo en escenarios de uso muy diferentes.

Ratatopo

Las ratas topo desnudas (Heterocephalus glaber) utilizadas por estos científicos en su experimento tienen una cualidad muy peculiar que va más allá de sus características físicas, y que ha provocado que los científicos se fijen en ellas: su organismo es muy resistente al cáncer.

La doctora Elizabeth Clare, profesora en la Universidad Queen Mary de Londres y máxima responsable del estudio, asegura que «hemos proporcionado la primera evidencia que demuestra que el ADN ambiental de origen animal puede ser recuperado del aire, lo que nos ofrece la oportunidad de estudiar las comunidades animales que viven en entornos de difícil acceso, como cuevas o madrigueras».

Además, esta científica apunta que la técnica que han desarrollado también puede ser una herramienta muy útil en la investigación forense, la antropología y la medicina. En este último ámbito indica que esta innovación puede ayudarnos a entender mejor la transmisión de algunos patógenos que se propagan a través del aire, como el virus SARS-CoV-2 responsable de la enfermedad COVID-19.

Más información | Universidad Queen Mary de Londres

Imágenes | Pete Linforth (en Pixabay) | Roman Klementschitz


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Xataka

por
Juan Carlos López

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