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El pacense que atravesó el Baikal patinando sin tener la más remota idea de patinar

A primera vista, cualquiera podría pensar que José Trejo está loco. Hace tres años, se le podía ver corriendo por el parque del río Guadiana en Badajoz, sudando y resoplando, mientras arrastraba dos neumáticos atados a su cintura a los que llamaba Wilson y Dorothy. Algunos vecinos pensaban que estaba haciendo penitencia por algo malo que había hecho. Pero no. Este pacense de 48 años se estaba preparando para cruzar en solitario el Baikal, el lago más profundo del mundo. Y esto solo era el principio.

Para adaptarse al frío del invierno siberiano, que puede alcanzar los 40 grados bajo cero, Trejo apagó la calefacción de su casa y empezó a irse a la cama con las ventanas abiertas. Pero no fue suficiente. Entonces le pidió al dueño de la panificadora El Nevero, en Badajoz, un extraño favor: que le dejara dormir varias noches en la cámara frigorífica de su negocio para probar el abrigo y el equipo que quería llevar a Siberia. Cada cierto tiempo, un empleado comprobaba si seguía vivo.

El segundo problema era logístico. Trejo tenía que encontrar un medio de transporte que fuera rápido para cruzar el lago helado y que no se averiara. Vio un vídeo en YouTube de un sueco que había cruzado el lago patinando. Habló con él y se convenció. Ahora solo faltaba lo importante: saber patinar. Él no lo había hecho nunca. Pidió prestados unos patines de ruedas y aprendió a base de golpes. Cinco meses después y tras 16 días de dura expedición, José Trejo izaba la bandera de Extremadura en el punto de mayor profundidad del Baikal, a 1.658 metros, convirtiéndose así en uno de los pocos españoles en la historia en haber cruzado en solitario este misterioso desierto de hielo negro.

José Trejo, en el Baikal. (Imagen cedida)José Trejo, en el Baikal. (Imagen cedida)José Trejo, en el Baikal. (Imagen cedida)

“Años antes, solo era una locura en mi cabeza. Quise cruzar el Baikal para seguir viviendo y aprendiendo y, sobre todo, para salir de la opresiva rutina en la que se convierten a veces nuestras vidas”, explica este hombre de pelo ralo, barba gris y complexión fuerte. “Me recorrí 480 kilómetros patinando sin saber patinar y, aunque hubo momentos difíciles, pronto se convirtió en la mejor experiencia. Me ayudó para hablar conmigo mismo y conocer cuáles son mis prioridades”.

José Trejo representa el último impulso de los exploradores por descubrir los lugares más remotos de un planeta en el que casi todo está ya colonizado por la industria turística. Muchos de estos aventureros, con tal de alejarse del turismo de masas —puesto en duda ahora por la pandemia—, o con la idea de alcanzar nuevos récords, son capaces de practicar los deportes de riesgo más extremos mirando cara a cara a la muerte. Además, el viaje en solitario de Trejo es la metáfora perfecta del hombre que necesita alejarse del ruido para entenderse a sí mismo. Porque paradójicamente, pese a que cada vez hay más gente que vive sola, la velocidad del día a día hace que para muchos sea cada vez más complicado enfrentarse a sus propios pensamientos.

“Se dice que la soledad del ser humano es el mayor temor que tiene, porque no ha sido capaz de escuchar su mundo interior”, dice Trejo. “Estamos narcotizados porque este mundo, con las redes sociales y la rutina, bloquea nuestra conciencia”. Otras veces, cuando se pone más poético, Trejo cita a Nietzsche. “La valía de un hombre se mide por la cantidad de soledad que aguanta”.

Trejo, probando una tienda de campaña en la panificadora. (Imagen cedida)Trejo, probando una tienda de campaña en la panificadora. (Imagen cedida)Trejo, probando una tienda de campaña en la panificadora. (Imagen cedida)

Un ‘podcast’ de aventuras

Nos encontramos con Trejo en un rocódromo de Badajoz, recién abierto tras el levantamiento de algunas restricciones en Extremadura. Hablar con él es como ir pulsando el ‘play’ de distintos capítulos de un podcast de aventuras. Le preguntas por alguna experiencia cercana a la muerte y te habla de sus problemas bordeando un fiordo en Groenlandia; después le haces un apunte sobre el frío y te cuenta la noche que durmió sin saco con temperaturas bajo cero en el Ártico; le vuelves a preguntar por la muerte y te relata su episodio de pesadilla en el Triángulo de las Bermudas con un velero con el que se cruzó el Atlántico. Allí se vio atrapado en la “latitud de los caballos”, donde el viento deja de soplar. En la antigüedad, las tripulaciones quedaban varadas durante días y, para salir de allí y escapar de la muerte, se veían obligados a tirar a los caballos por la borda para aligerar el barco. “Pensé que nos quedábamos sin combustible y no salíamos de allí”, cuenta Trejo.

Desde niño, José siempre ha soñado con explorar el mundo. Pero si le hubieran dicho que con casi 50 años se habría cruzado el lago más grande del planeta -en términos de volumen- solo habría pensado que se habían equivocado de persona. El punto de inflexión en su vida llegó en 2010. “Fue por culpa de mi madre”, dice. Ella le llamó y le dijo que pusiera la televisión para ver un reportaje de Ramón Larramendi, el famoso aventurero español (lleva recorridos más de 40.000 kilómetros en el hielo). José había preparado un viaje por los países bálticos con su hermano, pero se acabó torciendo. En su lugar, mandó el currículo a Larramendi, que buscaba colaboradores para su agencia de viajes en Groenlandia. Este le aceptó como ayudante.

Desde entonces, todos los veranos deja su puesto de trabajo en la base aérea de Talavera La Real como Inspector de calidad de motores de avión Northrop F5 y se va allí a explorar nuevas zonas de los fiordos de Groenlandia. “Recuerdo que, cuando llegué, hubo un problema y yo pregunté qué había que hacer. Un danés me dijo algo inolvidable: “Bienvenido a Groenlandia”. Detrás de ese eufemismo se escondía un mensaje mucho más profundo: espabila y arréglatelas tu solito. Esto es Groenlandia. Si eres incapaz de valerte por ti mismo, te va a ir mal y la puedes palmar, literalmente. Esto también se puede aplicar al día a día de muchas personas”, destaca Trejo, que ha pactado con la Junta de Extremadura dar distintas charlas sobre liderazgo para aprender a gestionar el miedo.

Refugio de José Trejo en el lago Baikal. (Imagen cedida)Refugio de José Trejo en el lago Baikal. (Imagen cedida)Refugio de José Trejo en el lago Baikal. (Imagen cedida)

La primera oportunidad llegó pronto. Un guía había enfermado y Larramendi le propuso a Trejo navegar hasta un glaciar a 100 kilómetros. “¿Te atreves?”, le preguntó. “Yo no sé navegar”, le dijo. “Te enseño en un momento”, le contestó. “¡Yo no sabía ni dónde estaba babor ni estribor!”, comenta una década después. Mientras cuenta su iniciación como navegante polar, Trejo se emociona y se le inundan los ojos de lágrimas, pero al final consigue continuar. “Yo no tenía equipo de supervivencia y Ramón me dejó el suyo, pero no me lo llevé porque quería dejarle claro que me lo tenía que ganar. Conseguí superar la prueba y, al llegar, me dio la enhorabuena. Fue como si el rey te arma caballero”.

Allí, en el extremo sur de Groenlandia, la empresa, Tierras Polares, se dedica a organizar viajes de turistas-aventureros. El perfil medio son hombres de 55 años en adelante, ingenieros o médicos que ya han visitado casi todo el mundo y buscan experiencias más fuertes. Aunque Trejo admite que también han diseñado rutas aptas para los más ‘amateurs’, aquellos que están iniciándose en esto de emprender aventuras en un intento de huir de la masificación turística pero que no cuentan con una gran preparación física.

José Trejo y su mentor, Ramón Illarramendi. (Imagen cedida)José Trejo y su mentor, Ramón Illarramendi. (Imagen cedida)José Trejo y su mentor, Ramón Illarramendi. (Imagen cedida)

En sus ratos libres en los fiordos de Groenlandia, Trejo arranca su zodiac semirrígida y se va a buscar minas de oro abandonadas como si fuera su propio coche. Allí le gusta navegar con un compás náutico. “Aunque tenga GPS no lo saco si no es el último recurso”. La conversación sigue y sigue y Trejo habla de la geopolítica polar, de las consecuencias del cambio climático en el Ártico o de nuevos retos para llegar al Polo Norte una vez que se levanten las restricciones de la pandemia.

Es en el sombrero del mundo donde descubrió su verdadera pasión: ser un hombre en busca de aventuras. Un explorador. “Si tuviera que morir en algún sitio, lo haría allí. Es el sitio más remoto que he visto en mi vida y eso es lo que más me gusta de viajar: no ver a gente y tener la libertad que uno no tiene aquí”. Allí vio al resto cumplir sus sueños de viajar hasta los confines del planeta y pensó que ya era hora de que le tocara a él.

Y José Trejo se embarcó en la aventura de cruzar solo el Baikal, un viaje que llevaba más de doce años en su cabeza.

Viaje al Baikal

“Las constantes explosiones y vibraciones de la capa de agua helada sobre la que dormimos me han mantenido en un duermevela toda la noche”, escribe Trejo en su diario en marzo de 2018. Ya se había adentrado en las profundidades del lago. Cada día, se levantaba al alba y se ponía a patinar recorriendo una media de 48 kilómetros al día, con pausas de apenas ocho o 10 minutos para comer. Empezó en Ust-Barguzin tras dejar a un grupo de españoles y acabó en el extremo sur del lago, en Kultuk. Plasmó su experiencia en un documental de media hora. Entre el hielo infinito y la música de ultratumba algunas escenas son hipnóticas.

El trineo no tenía cuchillas y a veces, ante las variaciones y las grietas del hielo, se volcaba. “Me tenía que quitar los patines entre 10 o 15 veces al día y ponerme camprones”. Y luego estaban las caídas. Una. Y otra. Y otra. Y los dolores. En los codos. Y en las rodillas (acabó con bursitis). Todos los días se caía y acababa rondando por el desierto de hielo.

José Trejo, en el lago Baikal. (Imagen cedida)José Trejo, en el lago Baikal. (Imagen cedida)José Trejo, en el lago Baikal. (Imagen cedida)

Escribió en su diario:

“Diferencias entre miedo y valentía: aquí me tenéis sentado en un bloque de hielo en el lago Baikal. No hay ningún ser vivo a kilómetros de distancia de mí, anochece y es mi noveno día de expedición y séptimo día solo completamente, hace escasos minutos una gigantesca explosión ha zarandeado una gran parte de la superficie helada del lago haciéndome perder mi maltrecho equilibrio. ¿Será las extrañas formaciones llamadas anillos negros que se ven desde los satélites? Entre la niebla veo humeante una kilométrica grieta recién hecha, resoplo porque no tengo más remedio que atravesarla, ¿qué hago, pido ayuda? No hay nadie, pienso. Los lugareños me avisaron de este peligro, pero tengo que seguir con mi camino, aquí no me puedo quedar, no tengo nada más que tres raciones de comida y el combustible se me va a acabar”.

Su dieta era variada porque se llevó comida liofilizada, más de 200 barritas energéticas y sobres de lomo y jamón que le había preparado su madre. “Era una dieta de 4.800 kilocalorías diarias, aunque habría necesitado 6.000”. Bebía agua cuando encontraba una abertura o derritiendo nieve —“sabe muy mal”— y té en una mezcla con mantequilla y hierbas verdes.

¿Qué piensa uno mientras patina por el desierto de hielo? Poca cosa. Trejo veía cómo los pensamientos cruzaban su mente, como si fueran carteles publicitarios, pero cuando se centraba en uno perdía la concentración y se caía. “Aprendí a esquivar los pensamientos y a no pensar en nada. Creo que, desde el punto de vista del mindfulness, hice un buen trabajo”, comenta entre risas.

Una de las tareas más difíciles era montar la tienda cansado, con los guantes y con vientos de 100 kilómetros por hora

Por mucho que parezca que Trejo no se mide por los mismos parámetros que la gran mayoría de la sociedad, uno comprende rápido que él es consciente de dónde se mete. “Cuando viajas solo, asumes el riesgo de que, si te pasa una emergencia, te vas a quedar ahí muerto”. Y añade: “A nivel personal yo no tengo hijos y nunca he querido tener una mochila en mi vida para poder hacer lo que más quería”. Ni más, ni menos. Cuando se está acabando la entrevista, le lanzo dos útlimas preguntas a Trejo.

PREGUNTA. ¿Cuál es la mayor lección que has aprendido como aventurero?

RESPUESTA. Mi mayor lección ha sido la capacidad de adaptación que realmente tenemos. Eso da mucha seguridad en ti mismo, desarrollas habilidades o herramientas para poder resolver los inconvenientes que puedan surgir, y que seguro surgirán en un viaje de los que he realizado. Una de las mejores enseñanzas fue cuando llegué a Groenlandia y conocí a los indómitos inuit, los antiguos esquimales. Su entereza frente a las adversidades y al peligro constante, esa capacidad de autosuficiencia cuando salían solos a ese temible mar. Años después, con esas enseñanzas pude navegar en solitario incluso sin ninguna ayuda electrónica, solamente con medios tradicionales (compás, carta náutica y cronometro), incluso en medio de la niebla.

P. ¿Por qué jugarse la vida? ¿Cuál es el sentido final de esto?

R. Los viajes son un pretexto, la necesidad de conocer otros mundos y otras formas de verlo. Salir de la burbuja en la que estamos, conocer verdaderas realidades fuera de la mentalidad occidental. En efecto, esos viajes entrañan riesgos, pero, me pregunto, ¿dónde no los hay? Si quieres avanzar debes asumirlos. La peor enfermedad es el estado de bienestar o más bien dicho pseudobienestar. Afrontar retos te hace realmente saborear la vida intendente. Yo he tenido que esforzarme mucho para romper mi entorno para salir de esa burbuja. Por último, ver la vida desde el filo de la navaja o desde el borde de un acantilado te enseña verdaderamente a valorarla y tratar de exprimir los momentos que te quedan.

***

En su respuesta, Trejo acaba replicando la explicación que dio Albert Camus sobre el mito de Sísifo: no te preguntes el sentido último de tus actos. Suele ser una pérdida de tiempo. Casi siempre, el propio esfuerzo por llegar a la cima de la montaña basta para llenar el corazón de un hombre.

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