Economía

La renta de los hogares en España cayó 4 veces más que en la UE en el confinamiento

Cuando estalló la pandemia del coronavirus en Europa y los gobiernos decretaron cuarentenas para frenar los contagios, pusieron en marcha diferentes esquemas de protección de rentas. El objetivo era proteger a los hogares y empresas para que, cuando se superase la crisis, volvieran a su nivel de gasto e inversión previo. Para ello establecieron nuevos sistemas de prestaciones de desempleo, moratorias de impuestos y ayudas financieras para minimizar el impacto del parón de la actividad.

El objetivo se logró en términos generales y la caída de la renta disponible de los hogares fue mucho menor al hundimiento del PIB. En el conjunto de la eurozona, la renta disponible de los hogares se redujo un 2,4% si se compara el segundo trimestre de 2020 con el cuarto trimestre de 2019, el último antes de la crisis. De esta forma, el sector público asumió casi todas las pérdidas provocadas por la crisis. Sin embargo, los resultados fueron heterogéneos por países y si bien algunos consiguieron reducir el impacto a cero, en otros fue significativo. A la cola de Europa se situó España, donde la renta de los hogares cayó un 8,6%, cuatro veces más que en la eurozona.

La crisis en España fue más profunda que en resto del continente, porque el virus llegó antes y golpeó con dureza, lo que obligó a un confinamiento largo y muy severo. Esto explica que el desplome del PIB durante esas semanas alcanzara el 22%, el peor dato de toda la eurozona. En términos absolutos, supuso la pérdida de más de 110.000 millones de PIB, una cuantía que el Estado no fue capaz de compensar. Esta es una de las causas que explica que el consumo de las familias sufriera un desplome en el segundo trimestre del año del 25% respecto al año anterior, mucho peor que la caída del 16% del conjunto de la eurozona, lo que agravó la crisis.

Javier G. Jorrín

El deterioro de la renta de los hogares fue consecuencia, básicamente, de la caída de la renta salarial y de los ingresos de los autónomos. Y ello a pesar de que el gasto en los esquemas de protección de rentas de España fue muy superior al del conjunto de la eurozona. Sin embargo, la capacidad del Estado para abarcar todas las rentas fue limitada, en gran medida como consecuencia de la economía sumergida de España y, en parte, por el retraso en el diseño y la implementación de las ayudas.

Los ERTE y el cese de actividad solo pudo extenderse sobre rentas declaradas, de ahí que todo el trabajo en negro, unos dos millones de personas, se quedaran sin ningún tipo de renta. Esto explica que la caída de la masa salarial fuera tan grave en España y casi duplicase la media de la eurozona. En concreto, la remuneración de asalariados en el segundo trimestre del año fue un 21.000 millones de euros inferior a la existente antes de la crisis, una caída del 14,3%, muy superior al 8,9% registrado en el conjunto de la eurozona.

El empleo negro se centra en empresas pequeñas y sectores de bajo valor añadido, fundamentalmente vinculados al comercio y la hostelería. Estos empleos probablemente se destruyeron al inicio de la pandemia, ya que no hay ningún impedimento legal para ello, y todos estos hogares se quedaron de repente sin ningún tipo de rentas. No tuvieron derecho a entrar en los ERTE y tampoco a acogerse al paro. Para cubrir a los hogares sin renta, el Gobierno optó por diseñar el ingreso mínimo vital. Sin embargo, el retraso en el diseño (no se aprobó hasta junio) y los problemas de su implementación (aún hay atasco en su concesión) han hecho que no haya sido una política efectiva para compensar la caída de rentas de los hogares. Como conclusión, durante las semanas del coronavirus proliferaron las llamadas ‘colas del hambre’ de familias que no tenían lo mínimo ni siquiera para subsistir. Una situación que no se ha reproducido en Europa con la magnitud de España.

Además del empleo negro destruido, también se perdieron un millón de empleos legales en las tres primeras semanas del estado de alarma. Tal caída del empleo se explica por la elevada tasa de temporalidad que tiene España y que hace que las empresas puedan prescindir de muchos trabajadores sin complicaciones legales y a un coste muy reducido. De esta forma se explica la magnitud de la caída de las rentas salariales durante los meses del estado de alarma.

Javier G. Jorrín

También sufrió una caída muy severa la partida de rentas mixtas, que básicamente contemplan los beneficios de la actividad privada de los autónomos. Si hubo un grupo social afectado, ese ha sido el de los autónomos. Según los datos publicados por la Asociación de Trabajadores Autónomos (ATA), durante los meses del confinamiento únicamente un 22% de los autónomos pudieron evitar el cierre de su negocio. El resto, casi el 80%, tuvieron que parar, lo que explica el desplome de las rentas mixtas, que fue del 17%, casi el doble que en la eurozona, donde la caída fue del 8,5%.

Los autónomos contaron con una ayuda extraordinaria que se puso en marcha durante la pandemia, el cese de actividad por el covid. Sin embargo, los ingresos gracias al cese de actividad están muy lejos de cubrir las pérdidas de los autónomos con más ingresos, ya que la prestación fue de menos de 700 euros.

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En cualquier caso, esta ayuda no computa dentro de los ingresos de las rentas mixtas, sino que se considera una prestación social, sumándose a los ERTE o los subsidios extraordinarios para desempleados. En total, las transferencias sociales de las Administraciones Públicas a los hogares en el segundo trimestre del año fueron un 23% superiores a las del trimestre previo a la pandemia y un 24,3% superiores a las del mismo periodo del año anterior. Eso significa que la protección social aportó algo más de 13.000 millones de euros adicionales para cubrir la caída de rentas de las familias. Una cuantía muy superior a la del conjunto de la eurozona, donde el crecimiento interanual de las transferencias sociales fue del 12,1%.

Los hogares utilizaron una buena parte de su renta disponible para ahorrar. Se trata del ahorro precautorio que hacen las familias cada vez que se dispara la incertidumbre sobre la evolución de la economía. Construyen así un colchón financiero para afrontar un futuro incierto. Además, el confinamiento imposibilitó el consumo presencial y el social, de modo que favoreció el crecimiento del ahorro y la mayor caída del PIB. En España la tasa de ahorro de las familias alcanzó el 22,5% de su renta en el segundo trimestre, una cifra totalmente histórica.

Este crecimiento de la tasa de ahorro provocó que la caída del consumo fuese superior a la caída de la renta de los hogares, maximizando así el impacto de la crisis. Es evidente que el ahorro no fue homogéneo por hogares: aquellos que conservaron intactos sus ingresos pudieron aprovechar la coyuntura para ahorrar, mientras que aquellos que perdieron la renta apenas pudieron llegar a fin de mes. El ahorro tampoco fue homogéneo en Europa. Aunque subió en todos los países, en aquellos en los que la renta de los hogares cayó menos, el ahorro creció mucho más, acercándose al 30%, como es el caso de Alemania, Países Bajos o Francia.

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