Economía

«Las políticas sociales están diseñadas para las clases medias, no para las más bajas»

En 2019 había seis millones de personas en España a las que Cáritas engloba en el epígrafe de «sociedad insegura». Traducido al lenguaje que todos conocemos, significa que seis millones de personas ejercen el funambulismo en sus vidas a diario y se enfrentan a tal fragilidad, que un cambio sustancial en sus vidas —ruptura sentimental, pérdida de empleo, de vivienda— les haría caer en la exclusión social. Era una España que hacía lo que podía, sostenida con alfileres y que peleaba por no caerse de la cuerda. Pero llegó la pandemia y los tiró de golpe.

Raúl Flores es coordinador de Estudios de Cáritas España. Sonríe cuando se le advierte de que representa a una institución que a ratos ha sido vista como fascista y ahora tiene su punto comunista. Sonríe y calla porque prefiere hablar de vidas que son ajenas. Porque solo podemos comprender lo que conocemos. Y por eso habla de las consecuencias de la desigualdad y de cómo parecemos abocados a aumentar la fractura social si no salimos de nuestra burbuja. Solo así dejaríamos de llamar paguita a las ayudas y de culpabilizar al otro de su situación. Como si los méritos conseguidos, dice, no fueran también gracias a la ayuda de otros.

Foto: Jesús Hellín.Foto: Jesús Hellín. Foto: Jesús Hellín.

No basta con que en España haya ocho millones de pobres, afirma. También hay que conocer lo que hay detrás de esas vidas. Y a la precariedad que los acompaña ahora se suma el aumento de la brecha digital y las imperfecciones de medidas de protección social como los ERTE y el Ingreso Mínimo Vital.

PREGUNTA. Cuando en las noticias se menciona a Cáritas y a otras instituciones del tercer sector es porque ponen el dedo en varias llagas. Ustedes advierten, alertan, urgen… ¿Cuántas veces les han llamado agoreros?

RESPUESTA. Para nosotros es importante señalar el grado de conexión y de desconexión de las personas. Muchos de los que reciben una nómina a final de mes, que tienen su coche a la puerta, la casa calentita, los que tienen resuelto lo cotidiano, son incapaces muchas veces de conocer y acercarse a otra realidad que viven otros que no tienen nada de eso. Esos para los que cada día es una lucha para seguir adelante.

Cuando no tienes cerca esa realidad te parece que no existe, y esa es una de las funciones que tenemos en Cáritas: hacer llegar a la población información sobre otras vidas. Hay que alumbrar las situaciones que están en la sombra, no basta solo con estar al lado de los más vulnerables.

EFE

P. Los más vulnerables siempre lamentan ser invisibles para el resto…

R. Es que lo que no vemos no podemos comprenderlo ni quererlo. En los últimos años ha aumentado la tendencia a culpabilizar al otro que es diferente a nosotros de lo que le está pasando. Esa culpabilización tiene casi siempre su origen en el desconocimiento.

P. Y en los prejuicios.

R. Bueno, hay prejuicios que tenemos todos y que son razonables. Pero cuando te acercas, se liman y acaban cayendo. Cuando Cáritas advierte y señala una desigualdad o una injusticia intenta ir más allá. No se trata solo de decir que en España hay ocho millones de pobres, conocemos sus nombres y apellidos.

Por eso sabemos que antes de marzo de 2020 las condiciones de vida en España ya habían empezado a empeorar. En 2019 advertíamos de que había una parte de la sociedad, que denominamos insegura, a la que cualquier cambio sustancial podría hacer que cayeran del lado de la exclusión social. Hablamos de seis millones de personas. Pero esta crisis provocada por la pandemia lo ha acelerado todo.

Ya sabemos las consecuencias económicas del coronavirus, pero desgraciadamente también ha hecho ahondar la polarización social, con esa incapacidad de las políticas públicas de compensar las desigualdades cada vez más intensificadas. ¿Se han creado cosas nuevas? Pocas. No estamos sabiendo responder como país, ni como administración ni como ciudadanos. Si tenemos una sociedad en la que lo medimos todo como éxito económico, estamos dejando atrás a las personas.

Foto: Jesús Hellín.Foto: Jesús Hellín. Foto: Jesús Hellín.

P. ¿Es posible establecer un retrato robot de la inclusión o es un término cada vez más líquido?

R. Déjame hablarte en primer lugar de la meritocracia. Cuando planteamos que todo lo que hemos conseguido y lo que somos se debe exclusivamente a nuestros propios méritos, es totalmente inexacto e injusto, porque gran parte de lo que somos se debe a otros, sobre todo a nuestras familias y al resto de red que nos ha ayudado: compañeros, amigos, jefes. Dos tercios no nos corresponden a nosotros.

Te digo esto porque de igual manera que el mérito no es solo nuestro, cuando buscamos el fracaso también nos los atribuimos por completo, como si fuera porque no hemos hecho lo que teníamos que hacer. Esto está haciendo que muchas personas sufran, porque además de vivir mal reciben el juicio de la sociedad, el estigma. Y andamos muy lejos de superarlo.

Es verdad que muchos podemos caer en la exclusión, pero en el caso de las personas sin hogar, por ejemplo, es difícil que caigamos porque muchos contamos con barreras que nos irán frenando. Yo tengo a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos… son personas. Aunque pierda mi trabajo, mi pareja, la vivienda, hay redes que tirarán de nosotros. Pero hay personas que no tienen ese capital social, y que si caen se dan contra el suelo.

P. Pero hoy el trabajo no garantiza una vida digna, y de la precariedad a la exclusión no hay demasiada distancia…

R. Es cierto que cada vez una mayor parte de la población está expuesta a esa situación porque cada vez más hay elementos que antes eran integradores que ya no lo son. Mencionabas el empleo, y es verdad. Pero también la prestación por desempleo tenía hace años unos niveles de protección que ya no tiene, así que hemos optado por el individualismo. Hacernos un plan de pensiones por si acaso, un seguro de ahorro… estamos fomentando respuestas individuales a problemas sociales. Una prestación por desempleo, por cierto, que está diseñada tal y como funcionaba el mercado laboral en los 80 y 90, con largas carreras de cotización y periodos más o menos largos de paro. Pero ahora las personas entran y salen constantemente de ese mercado laboral, tienen contratos precarios y muchas veces parciales. Y la gente come los 30 días y paga el alquiler los doce meses del año.

Hay un dato que me parece interesante. La pobreza en Suecia antes de transferencias sociales, antes de que la administración recoja impuestos y genere protección social, es mayor que en España. Tenemos unos niveles de pobreza de origen inferiores a ellos. ¿Qué ocurre entonces? Que Suecia, una vez hechas esas transferencias sociales, la reduce muchísimo. Cuando nosotros lo hacemos, el impacto es mucho menor. Falta reorientar las políticas sociales a las capas más bajas, porque están diseñadas para capas medias.

Cotizalia

P. Falla la política, entonces…

R. Es un problema que tiene que ver con las decisiones políticas. Por ejemplo, hablemos de la familia y la crianza. España es uno de los países que menos las protege, y ¿por qué es importante hacerlo? Porque todo lo que inviertas en niños, niñas y adolescentes son elementos que proteges a futuro. Les estás ofreciendo más oportunidades, mejor educación, y estás invirtiendo en algo que te saldrá rentable en el resto de sus etapas vitales.

La clase media en la que yo participio tiene muchos beneficios fiscales no visibles, porque siempre nos podemos desgravar alguna cosita. Y todo eso está bien y permite que te puedas sentir implicado en el sistema. Sin embargo, no hay esos beneficios en las clases más bajas. Igual que se cuestiona el diseño de una renta mínima al que no tiene nada, también podríamos cuestionar que se generen unas desgravaciones fiscales a una clase media que igual las necesita un poco menos.

P. Como le escuchen los amigos de las bajadas de impuestos…

R. No planteo que nos olvidemos de las capas sociales, lo que digo es que hay que reequilibrar y proteger a quienes más lo necesitan. Eso es también justicia. No somos conscientes de cuánto talento estamos taponando y estamos impidiendo que se desarrolle que podría beneficiar no solo a su vida, sino a la del resto.

Porque la igualdad de oportunidades no puede reducirse a que todos tengamos los mismos derechos y el acceso a la educación obligatoria. Eso no es más que el comienzo. Mi hija desde los cuatro años habla inglés con una profesora particular, yo también conozco el idioma y de vez en cuando, igual que mi mujer, tenemos tiempo para apoyarla en los deberes de esa asignatura. Pero mi hija tiene una compañera de clase que nunca ha tenido una profesora privada, sus padres trabajan todo el día y no saben el idioma. No tenemos la misma igualdad de oportunidades.

Foto: Jesús Hellín.Foto: Jesús Hellín. Foto: Jesús Hellín.

P. En el informe de la Fundación Foessa de 2021 hablan de las consecuencias que tiene la brecha digital en la desigualdad.

R. El problema de esta crisis es que hemos perdido las alternativas a lo digital. Antes siempre había una puerta presencial y a veces una digital. Pero el covid nos obligó a coger la digital y eso supuso problemas para muchos; para mis padres, que no tienen estudios y no se manejan en ello, pero también para otras personas.

Hay tres llaves para abrir esa puerta: las competencias, los dispositivos y las conexiones. Si te falla alguna, no puedes acceder. A muchas de las personas que acompañamos desde Cáritas les fallan muchas veces las tres. Gente que necesita ir a servicios sociales y están cerrados, y que como mucho tienen un móvil. Esto ha hecho perder oportunidades educativas a muchos niños, perder oportunidades laborales… es un factor nuevo de exclusión. Por eso no podemos cerrar la puerta presencial, porque sigue siendo el sitio seguro para muchas personas. Quizá dentro de 50 años podamos prescindir de ella; hoy, no.

En la recesión de 2008 se recortaron las partidas sociales destinadas a los vulnerables. En esta crisis ha habido una estrategia distinta, y se ha optado por ampliar esos presupuestos de protección. Esa reacción parece mejor, porque así la crisis no impacta tanto. Pero dicho esto buena parte de esas políticas han servido para proteger a capas vulnerables, pero no las especialmente pobres. Los ERTE han protegido a casi 3,5 millones de personas y han evitado que muchas personas y muchas empresas caigan. Sin embargo, apenas un 2% de las personas que acompañamos desde Cáritas se ha visto protegido por el ERTE. Han sido despedidos, o directamente no tenían contrato.

P. Ustedes también hablan de las imperfecciones del Ingreso Mínimo Vital.

R. El IMV sí está enfocado a esa capa más baja de la sociedad, pero han fallado varias cosas. En primer lugar, un diseño que dejaba fuera a muchos de los colectivos que más lo necesitan. Es verdad que con el paso del tiempo se ha ido mejorando, pero queda margen. En segundo lugar, ha fallado la coordinación entre las distintas administraciones, y algunas han cortado las rentas mínimas. Esto ha dado lugar a casos en los que familias se han quedado sin esa renta y a la espera de si les daban o no el IMV. En tercer lugar, hay territorios donde los niveles de vida te permiten hacer cosas con esa cantidad, pero en Barcelona, Madrid y Bilbao no te permite ni siquiera pagar la vivienda. Y por último, es que hay determinados colectivos (personas migrantes, o las que tienen situación administrativa irregular, por ejemplo), que una vez más quedan fuera de estos esquemas de protección.

Marcos Lema

P. ¿Qué le pasa por la cabeza cuando escucha hablar de paguita?

R. Cuando hay personas que plantean que el IMV e incluso un ERTE es una paguita, no están siendo conscientes de cómo viven esas personas y esas familias, de cómo se esfuerzan en el día a día. Solo ven una parte, que es la de recibir un apoyo porque en ese momento no tienen otra fuente de ingresos. La inmensa mayoría de las familias que tienen el IMV lo cambiarían ese mismo día por un trabajo estable que asegurara una cierta prosperidad. ¿Vamos encima a culpabilizarles?

Hace poco conversaba con una familia que cobra renta mínima y les preguntaba cómo se sentían cuando alguien les acusaba de recibir eso, una paguita. «Se lo cambiaría por un mes», me respondieron. A ver cómo tú o yo somos capaces de vivir con 570 euros, dos adultos y dos menores. Eso no es vivir, es sobrevivir.

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