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Las redes vecinales se unen contra la soledad de los mayores: “Encontrar a alguien que te escuche es un encanto”

Maite tiene 74 años, y más fuerza y vitalidad que muchos de 25. Después de estudiar filología inglesa, ha sido profesora de inglés toda la vida. Y ahora que está jubilada, sigue siéndolo, pero en la cárcel de Alcalá Meco II, donde da clases a los chavales que están allí, cuenta a este medio con una sonrisa visible. Se ha mantenido activa, ha tenido redes sociales, amigos, trabajo, pero, como para muchos otros, el Covid le cambió la vida: “El confinamiento, cuando vives sola, te toca más. Y luego mi barrio, Chamartín, se confinó más y eso me mató. Tengo mucha familia sí, pero desperdigada por el mundo, y me llaman, pero no quiero más teléfono, quiero contacto”, explica.

Nos encontramos con ella en el Madrid Río, donde ha quedado con un grupo de otras 15 señoras para comer y para recorrer el parque en uno de sus triciclos adaptados, y se ha maquillado y arreglado expresamente para ello. Es una de las actividades que realiza con ‘Grandes Vecinos‘, la red a la que recurrió cuando comenzó a encontrarse sola tras la pandemia. Esa organización, se encarga de poner en contacto a vecinos voluntarios con mayores que viven en su mismo barrio para que les acompañen de vez en cuando, queden a tomar un café o hablen cuando se encuentren por la calle: “Se trata de favorecer las relaciones vecinales de toda la vida para prevenir la soledad no deseada“, explica a 20minutos José Ángel Palacios, portavoz de ‘Grandes Vecinos’, lo que pasaba antes de que las ciudades se masificaran, cuando los barrios eran pequeños y todo el mundo se conocía.

Allí está también Cecilia, una mujer que por hacer, hace de todo: pilates, jardinería, deporte…Estudió derecho cuando pocas mujeres lo hacían aún, “y llevando pantalones”, asegura. Ejerció hasta los 49 años, cuando una distonía comenzó a provocarle dificultades en el habla y muecas al comunicarse: “Es algo que me condiciona a la hora de relacionarme, aunque ahora la mascarilla me alivia un poco porque no me veo las muecas. Eso sí, tal y como está el mundo del derecho hoy, que está asqueroso, no me da pena no ejercer”, dice muy digna. Después de dejar el trabajo, la quedaban sus dos hijos pero “uno vive fuera de Madrid y al final ambos tienen sus casas y sus vidas”, cuenta.

Cecilia fue voluntaria antes de pasar a ser acompañada, y fue precisamente ella la que convenció a Esther, de 80 años, a apuntarse a esta red. Ella fue secretaria, luchó políticamente en Madrid y se dedicó a cuidar a su padre mientras viajaba por el mundo y salía por los bares de la capital. Pero una vez murió su padre se vio “con muchos años y con un vacío enorme”, dice sujetando firmemente su bastón: “Que yo aunque tenga un poco mal las piernas con mi bastón voy a donde sea, me apunto a un bombardeo”, aclara entre risas.

Son historias diferentes, pero con una base común: son mujeres mayores, válidas y con movilidad, pero que ven como poco a poco, sus redes se reducen y podrían quedarse solas. Para remediarlo dieron la voz de alarma y, afortunadamente, sus vecinos respondieron. Jesús es uno de esos 325 voluntarios que ha decidido participar en esta red vecinal para acompañar a la gente de su barrio que está más sola. Vive muy cerca de Paco, su mayor, y pasa a verle, al menos, una vez por semana: “Voy a su casa, o salimos a tomar un café o una cerveza. Pero, cuando os conocéis y pasáis tiempo juntos, los lazos se estrechan y acabáis siendo amigos”.

Eso le ha pasado a Eva, una vecina, con María Luisa, a la que llama con cariño “su mayor”. Empezaron con ese acompañamiento clásico pero ahora, todo ha cambiado: “Tenemos una relación por encima de la ortodoxa. Como estamos en el barrio y hay esa cercanía nos vemos más veces. Si estoy por su zona comprando le digo si le apetece acompañarme, que demos un paseo… nos llamamos, nos vemos, quedamos para ir al parque”.

Cecilia reconoce las ventajas de este acompañamiento: “Estos vecinos van a casa de los mayores, se toman un café, quedan, van al cine…Y para muchas personas es su único contacto con el mundo real porque los hijos todos tienen sus ocupaciones y de repente encontrar alguien que te escuche es un encanto”.

Pero, sin duda, una gran parte de la gratificación la reciben los propios vecinos que ganan, al menos, un amigo en el barrio: “Tengo una buenísima relación con María Luisa, aprendo mucho de ella, le cuento mis cosas y me da su punto de vista. Es una amistad“, cuenta Eva. “A mi, Paco me da mucho cariño, me cuenta sus experiencias, aprendo de su vida”, confirma Jesús.

Ahora, Maite, Cecilia, Esther y el resto de mujeres del grupo tienen sus ‘Grandes Vecinos’, para acompañarlas, pero lo que más agradecen es haberse conocido entre ellas. Porque la red no busca solo relaciones voluntario-mayor, sino que intenta que mayores del mismo barrio se conozcan para que puedan acompañarse ellos mismos y creen sus propias relaciones sociales: “Hacen quedadas en el barrio, nos llevan a museos…Son cosas que nunca seríamos capaces de emprender solas, porque, por ejemplo, si quisiera ir al teatro ya tendría que sacar la entrada por internet o desplazarme…es más complicado”, dice Cecilia.

Hay mucha gente mayor que está sola en casa y necesita un pequeño motor que les haga salir, aunque hay otra más aguerrida que sale sola, pero se les facilita salir, andar, mantenerse activos y una relación social con la gente con la que nos reunimos”, dice Eva.

Y poco a poco, la red consigue su objetivo, no ser necesaria, porque estas mujeres acaban quedando por su cuenta. “Vamos al huerto, a tomar café y en verano fuimos a casa de Cecilia a hacer una comida y a bañarnos en la piscina, con bañador y todo, pero el tiempo no acompañó”, cuenta Esther. “Tenemos que salir porque sino, ¿qué más te da morirte que estar muerta en casa sin hacer nada?, afirma Maite muy segura.

Todas son mujeres activas, con sus redes sociales y con movilidad. Pero, aún así, todas han sufrido la discriminación por ser mayores, el edadismo. Acusan especialmente la brecha digital, por ejemplo, en los bancos que, cada vez más, les obliga a hacer cosas por internet sin ofrecerles ninguna ayuda: “Nos humillan con ese trato, haciéndonos creer que somos idiotas por no saber informática, pero sé de muchas cosas, estoy segura que soy mucho más lista y que tengo muchos más títulos universitarios que el señor del banco, pero como no sé de ordenadores me tratan como si fuera idiota”, comenta Maite muy enfadada.

“Le he dedicado muchas más horas a aprender en internet que a los cinco años de la carrera de abogacía. Pero tienen que entender que a los mayores nos cuesta aprender y, sobre todo, retener. Con ese trato quieren añadirnos la desgracia de hacernos notar la vejez de una forma verdaderamente fea“, se queja Cecilia.

Están convencidas de que la sociedad, cada vez más individualista y cortoplacista, no ve la vejez con buenos ojos: “Hay un pensamiento generalizado de que lo mayor, lo viejo, no sirve para nada. No hay paciencia ni piedad con nosotros, es como si estorbáramos”, asegura Esther, sentada en un banco después de su paseo en triciclo.

“Yo creo que todo el mundo, incluso con 100 años, tiene una misión en la vida”, dice Maite. “¿Por qué desperdiciamos a la gente mayor si son gente increíble, interesantes y con experiencias bonitas? Lo que los jóvenes no entienden es que da igual la edad de una persona, al final solo tenemos asegurado el día en el que vivimos, nada más“, apoya Esther, sentada a su lado.

“Y que no se os olvide que ahora sois jóvenes pero también vais a llegar a mayores”, dice Esther a 20minutos. “La edadista es la más absurda de las discriminaciones porque es tirar piedras en nuestro propio tejado, nosotros también la vamos a sufrir”, asegura Palacios.

Además del acompañamiento los ‘Grandes Vecinos’, quieren luchar contra este edadismo: “Lo primero es no dramatizar la vejez, dejar de estereotipar en esa señora solísima y arrugadísima. En nueve millones de mayores que hay en España los hay muy diversos, ¿si no metemos en el mismo saco a todos los que tienen entre 20 y 55 años por qué lo hacemos con los que tienen entre 65 y 100?”, explica Palacios.

Lo siguiente es eliminar ese miedo a envejecer, esa sociedad que es antiarrujas y antiedad, naturalizar que todos vamos a hacernos mayores. Y para eso hay que cambiar el chip y pensar que la vejez no es solo una etapa fea de la vida, sino un momento para seguir viviendo, experimentando, quedando, merendando, incluso para las relaciones sexuales. Y para darnos cuenta de eso tenemos que acercarnos a los mayores, siendo voluntarios, con nuestros vecinos o con nuestros abuelos, porque así nos acercamos a nuestra propia vejez también”.

Porque al final, todo ese edadismo lleva a la soledad, según el Portavoz, porque hace que “como no nos gusta lo viejo, no queremos relacionarnos con las personas mayores y las apartamos“, sin entender que, en algún momento “nosotros mismos viviremos esa vejez y, posiblemente, esa soledad“.

La soledad no deseada es multicausal, se puede deber “a ser viudo, a que te jubilas y no tienes un proyecto de vida, al síndrome del nido vacío”, aunque los motivos están cambiando, como cuenta Palacios: “En general, vamos a una sociedad más longeva pero más solitaria. Por los nuevos modelos de familia, la baja natalidad, la disgregación de las familiares, la falta de conciliación…”.

Esta soledad afecta especialmente a las mujeres porque el edadismo se junta con el machismo en la mayoría de los casos. El 86% de los casi 1.200 ancianos que están en ‘Grandes Amigos‘ la fundación que coordina ‘Grandes Vecinos’, son mujeres. Porque son más dadas a pedir ayuda, más longevas y porque hay más viudas que viudos, pero también por un componente machista: “Los hombres se jubilan y se relacionan con sus excompañeros de trabajo, pero muchas mujeres, hace años, se quedaron en casa y, ahora, no tienen esa red. O, por ser mujeres, no tuvieron la oportunidad de estudiar y se quedaron en casa como cuidadoras, o se han dedicado a la limpieza y entre eso, la casa y los cuidados no les ha dado tiempo a cultivar relaciones sociales”, asegura Palacios.

“Nuestra mayor recomendación es que, igual que nos preocupamos de ir al gimnasio de mantener una dieta saludable, nos preocupemos de mantener una vida social activa, porque la soledad es un riesgo para todos, a cualquier edad“, dice Palacios.

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