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Los juguetes rotos del 92: “Quemamos la noche y nos quemamos nosotros”

Victoria o muerte. Ha sido uno de los debates más encendidos de Tokio 2020. Solidaridad versus competitividad, malestar mental versus triunfo, ¿ganar es más importante que (con)vivir? Estrellas que abandonan la competición porque la cabeza les da vueltas. Saltadores de altura que prefieren compartir el oro a disputarlo. Bronca tuitera asegurada.

Pedro Herrero, alias ‘Aparachiqui’, dijo en Twitter: “El ‘espíritu olímpico’ no es la amistad, la empatía o la solidaridad. Que sin duda son elementos valiosos de la vida. El espíritu olímpico es quemar tu vida en una hoguera. Y competir con gente similar a ti. Y de ese fuego sale alguien con una corona”. Resumiendo: una cosa es el deporte de élite y otra la vida. Para ser deportista de élite, es mejor olvidarse de las reglas de la vida.

Su adicción era un secreto a voces en el waterpolo español, pero los triunfos tapaban los desfases y costó mucho ponerle freno

Pero separar deporte y vida es más fácil en un tuit que en la vida real, como demuestran Pedro García y Jesús Rollán, waterpolistas olímpicos de plata (Barcelona 92) y oro (Atlanta 96), pero también leyendas oscuras del deporte español, por su incapacidad para armonizar competición y vida. Los reyes del jugar a todo gas y vivir a todo trapo.

Un todo o nada del que García salió redimido (superó sus adicciones, el ‘reality’ ‘Hermano mayor’ le convirtió en ‘celebrity’ y pasó por la política: director de Deportes de la CAM de Ayuso) y Rollán muerto: de mejor portero del mundo a un cóctel de depresión, malestar mental y adicción que acabó en suicidio (2006).

Aquellas juergas universitarias

Vidas paralelas que se bifurcan, como plasmó García en sus memorias ‘Mañana lo dejo’, necesarias para entender la trastienda del deporte de élite. “Recién salido de un centro de desintoxicación, cuando aún acudía a terapia y trataba de buscar un futuro lejos del waterpolo, el deporte que me había dado el éxito y en el que yo me había gestado mi propia destrucción personal”, arrancaba García el libro, antes de contar su vida en ‘flashback’, desde que era un mocoso rebelde y empezó a jugar al waterpolo con Rollán en Madrid y Barcelona.

“Entrenábamos mucho, pero también empezamos a salir mucho… Yo pronto acabé saliendo todos los días, y eso que tenía que estar en la piscina a las seis de la mañana… Ese vivir sin límites hacía tanto que nos matásemos entrenando como que saliésemos a quemar la noche y a quemarnos nosotros… Así era la vida para nosotros: un cuento… Éramos inconscientes y temerarios, nos burlábamos de todo y de todos, vivíamos en el filo, pero todo nos salía bien… Como nada de lo que hacíamos tenía consecuencias, ni nadie nos corregía, no tuvimos la ocasión de aprender… No era consciente ni de lo que ganaba ni de lo que gastaba. Si nuestro desembarco en Cataluña cuando la mayoría de los jugadores no cobraba ni un duro ya fue escandaloso, los que sabían cómo nos lo gastábamos se llevaban las manos a la cabeza… Cobrábamos, estábamos continuamente de fiesta, ligábamos… y saltábamos a la piscina y éramos los principales artífices de la victoria”.

Cuando uno escucha ‘Residencia Blume’, se imagina a los boinas verdes del deporte español en estado de disciplina zen, allá donde lo único que importa es dar cera y pulir cera hasta la victoria final. Pero a veces se nos olvida que los deportistas de élite son también jóvenes encabritados. A finales de los 80, la Blume se convirtió en la fraternidad Alpha de los fiestones. “Era el escenario perfecto de nuestras correrías… Pronto nos hicimos dueños del centro… De allí salió toda una generación exitosa que explotó en el 92. Pero cuando llegaba la noche aquello se convertía en una de esas películas de desmadre total en el colegio mayor… El director de la Blume nunca imaginó que la residencia pudiese degenerar de aquella manera”.

El vicio

La confusión entre deporte y vida está en el centro del sumidero por el que cayeron ambos deportistas: “Estábamos acostumbrados a la satisfacción inmediata… El esfuerzo solo lo concebíamos como parte de los entrenamientos, no en la vida, donde siempre buscábamos el camino corto. Estábamos dispuestos a entrenar duro meses y meses para ir a una Olimpiada…, pero nadie nos hizo ver, de forma convincente, que el waterpolo se acabaría… Me divertía, bebía, jugaba al día siguiente y marcaba cinco goles. Y creía que el mundo era eso, sin más. No maduré cuando me tocaba, porque aprendí a vivir así: éxitos deportivos, noches de diversión, éxitos deportivos… ¿Relaciones personales? Se acaba una y empieza otra. Ni siquiera sentía dolor al romper con una chica. Llevaba, ya a los 18 años, la vida de un adicto. Sin que se me pasase por la cabeza que me estaba convirtiendo en uno”.

Pedro García empezó a tomar “cocaína y speed” con regularidad a los 21 años, en el camino a Barcelona 92: “Desde que probé la cocaína, estaba perdido… Con los años, en mis fiestas de tres días, llegaba a meterme de tres a cuatro litros de destilados, de 10 a 15 gramos de coca, con rayas de a gramo, cuatro o cinco pastillas de éxtasis y dos o tres botes de éxtasis líquido. Era demencial, consumir por consumir, porque había generado tolerancia a casi todo y, en esa alocada sucesión de alcohol, cocaína y éxtasis los efectos de una sustancia se solapaban con las otras”.

“Desde que probé la cocaína, estaba perdido”

De algún modo, logró compaginar físicamente todo aquello: “Me esforzaba para rendir al máximo en la piscina… Aún tenía una vitalidad que me permitía llevar ese ritmo. Podía jugar, y bien, después de toda una noche sin dormir… Mi consumo era lúdico y social, y sabía que para jugar tenía que estar sereno y concentrado, aunque la resaca y el bajón de la fiesta se dejasen notar”.

Su adicción era un secreto a voces en el waterpolo español, pero los triunfos tapaban los desfases y costó mucho ponerle freno: “Consumía a diario, y en mi cuarta temporada en el Barça empecé a faltar a los entrenamientos, hasta que Toni Esteller me llamó al orden… ‘Necesito ayuda, yo solo no puedo salir de esto’, le confesé… Era una nueva petición de auxilio, después de la del 92, que tuvo una primera respuesta terapéutica, no meramente disciplinaria, porque me enviaron a un psicólogo… El problema era que… aquel psicólogo había tratado con deportistas, pero no estaba especializado en tratar con adictos, unos auténticos especialistas en desviar la atención de su problema”.

El abismo

Cuando llegó la hora de dejar el deporte y cambiar de vida, llegó la “ansiedad y la angustia”. “Te toca madurar, de golpe, y tarde… Algunos no pueden, prefieren seguir en pleno desenfreno o vivir de recuerdos. Eso es lo que le pasaba a Jesús. Vivía de esos recuerdos y se aferraba a esa juventud. Cuando lo vi al acabar mi recuperación, poco antes de su muerte, rodeado de chavales a los que entrenaba, era como uno de ellos. Era uno más. No había madurado, les contaba todas sus batallitas de la Selección, de la Blume, de los viajes, de sus novias, de sus paradas… Él era feliz así, o al menos lo creía. No supo reaccionar cuando tratamos de hacerle ver que no podía aferrarse a todo aquello, que aquello se había convertido en una enfermedad”.

“Te toca madurar de golpe. Algunos no pueden, prefieren seguir en pleno desenfreno o vivir de recuerdos”

Uno logró rehabilitarse y sacar la cabeza del agua; el otro, se sumergió en su agujero. “Mi historia es la de un triunfo, mucho más importante que cualquier oro. Jesús, que siempre me acompañó en las celebraciones y angustias deportivas y personales, acabó desgraciadamente derrotado… Jesús lo fue todo para el waterpolo y para los que fuimos sus amigos, pero su trágica muerte no lo debe convertir en ningún mito. Que nadie crea que decidió quitarse la vida de una forma consciente y meditada. A Jesús nos lo quitó una enfermedad psiquiátrica agravada por su adicción. Y en eso no cabe ningún tipo de heroísmo ni de conducta consecuente. Jesús nunca llegó a madurar y nunca quiso ser consciente de sus problemas con una enfermedad que podría haber controlado y con una adicción que podría haber frenado… Cuando alguien decidió ayudarle era ya demasiado tarde… En sus últimos días, su única preocupación era la de siempre: ser el mejor. Aunque fuera una ficción”.

El estallido de la ficción se reflejó también en detalles pequeños, pero dolorosos: uno de los equipos de mayor éxito de la historia del deporte español… sin tiempo para reunirse para tomar una cerveza. “Aunque los italianos que nos quitaron el oro en Barcelona aún se reúnen cada año para cenar, nosotros no lo hicimos nunca. Es el contrapunto trágico de una historia tan divertida. Las consecuencias de unos éxitos que llegaron acompañados de mucha desmesura. Desde que se fue Jesús sé que nunca vamos a volver a juntarnos para recordar viejos tiempos. Yo, desde luego, no podría. Porque la nuestra es una historia que no se debería volver a producir. Conseguimos ser el mejor equipo del mundo, pero a un precio demasiado caro… Hay que poner el mismo esfuerzo en ser buenos jugadores que en formarse como personas”.

O cuando el deporte de élite, la vida y las personas circulan por la misma carretera: la de la vida.

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