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No es deporte para caballeros: Villard-de-Lans y el Tour de Francia en los 80

Jean-François Bernard tiene pelazo. Negro, espeso. También lleva una sonrisa tímida, ojos tristes, pero sobre todo destaca el pelazo. En conjunto gasta cierto aire a galán de la Nouvelle Vague, un Belmondo sobre ruedas.

Y, además, viste de amarillo. Con lo bonito que es eso.

Lunes, 20 de julio. Año 1987, por aclarar términos. La etapa del Tour de Francia (porque ese mes siempre hay etapa del Tour, salvo ahora, con el añito que llevamos) termina en Villard-de-Lans. Sí, sí, como la del martes, esa que ganó Kämna mientras los favoritos subían de la mano, qué alegría, qué paisajes más bonitos, hasta la estación de esquí. Bien, si usted es de lágrima fácil y con tendencia a lo depresivo debería dejar de leer a partir de este mismo instante. Por no comparar, vaya.

El Tour de 1987, decíamos. Bernard de amarillo. Y llegada a Villard-de-Lans. Segunda vez en la historia. Tercera, si contamos Lans-en-Vercors, nombre de apoteosis cafetera un par de años antes. Parra primero, Herrera segundo. Lucho se permitió el lujo de soltar las manos del manubrio a poco de meta, sacar un pañuelo, limpiarse el sudor, que siempre queda feo en la tele. Entraron juntos. Qué bello. Al día siguiente crono por los alrededores del pueblo que ganó Eric Vanderaerden. Por seguir con los pelazos, vaya.

Jean-François Bernard estaba llamado a ser el ciclista francés del momento. (Archivo)Jean-François Bernard estaba llamado a ser el ciclista francés del momento. (Archivo)Jean-François Bernard estaba llamado a ser el ciclista francés del momento. (Archivo)

En fin, que nos disipamos. Aquel 1987… ahhh, qué jóvenes fuimos. Carrera abierta. O no, porque Bernard parece tenerlo todo bien encarrilado. Muchas cosas a su favor. Es francés (que igual no ayuda, pero tampoco va a perjudicar), es joven, talentoso, corre en el conjunto que ha tiranizado el bienio anterior, aunque ahora se llame distinto, porque a Tapie quería promocionar Toshiba. Es, además, líder del Tour. De uno donde se han corrido dieciocho etapas, con muchas cosas en medio. Crono llana de 87 kilómetros (los Tours de antes eran distintos). Dos tiradas en los Pirineos con dureza de sobra (los Tours de antes eran distintos). Incluso cronoescalada hasta la cima del Mont Ventoux (los Tours de antes eran… bueno, ya saben). Y allí está nuestro hombre, con el maillot dorado, la sonrisa triste, la confianza plena.

Precisamente ha sido el Ventoux su gran día. El que quedará, para siempre, como instante de gloria para Bernard. Es el único de todo el pelotón que termina por debajo de la hora y veinte minutos (recuerden, los Tours de antes, etcétera). Minuto y cuarenta a Lucho, diez segundos más a Delgado. El resto, por encima de los dos. En la general segundo es Roche, a más de esa distancia. Sentenciado. Bernard sucederá a Hinault, que sucedió a Fignon, que vino después de Thevenet. Impensable que los franceses estén mucho tiempo sin ganar su carrera…

“Tiene piernas de caballo y cabeza de mosquito”, dijo de él Luis Ocaña

Solo que… Bien, ¿recuerdan lo que dijimos antes? Lo de las virtudes de Bernard. Pues bien, se nos pasaron algunos defectos. Por no afear el retrato, vaya. Que es inconstante. Que no mide bien las fuerzas. Que falla en estrategia. Y, sobre todo, que el chico resulta… bueno, especial. “Tiene piernas de caballo y cabeza de mosquito”, dijo de él Luis Ocaña, y al conquense hay que escucharlo cada vez que transforma “erres” en “ges”. Entre otras cosas porque suele tener razón.

“He demostrado que soy el mejor tanto en montaña como contra el reloj”, dijo Jean François a los periodistas, totalmente subido en el personaje. “Queda mucho Tour pero mis rivales ya saben quién es el más fuerte”. Ya ven, le faltó decir que iba a ganar cinco Tours, dos Goyas al mejor actor y el certamen de Miss Universo. En fin, lo de agitar el avispero de forma gratuita no parece la opción más inteligente, claro.

(Jean-François Bernard dejará el ciclismo con un único maillot amarillo en su armario).

Así que al día siguiente… gresca. Todos picados contra el francés, niño bonito de Tapie, cómo los odio a los dos, vamos a hacer que suden sangre. Camino de Villard-de-Lans, claro. Rompiendo varios códigos de esos que a los millenials les suenan como si fuesen palabra divina. Comencemos… Si el líder pincha no se aprovecha esto para atacar… ejem. Pues vaya, primer fallo. Casi en la cima de Tourniol, después de pegarse una buena pechada persiguiendo a Stephen Roche (el irlandés había arrancado a 100 kilómetros de meta, porque antes estas cosas se hacían así, y ya no, joder, qué miseria). Bernard empieza a pegar saltitos sobre su bici, la llanta chocando furiosa contra el asfalto. Zafarrancho. Oye, que el de amarillo ha tenido que cambiar la rueda, sí, sí, como lo oyes. Pues venga, lo lógico, el resto a tirar como perros, relevándonos. Si quería (falsa) deportividad que hubiese mantenido cerrada la boquita.

En fin, que Bernard enlaza justo tras la bajada, y empieza a relajar sus piernas pensando que lo peor ya pasó. Ahora unos kilometritos tranquilos y luego ya veremos qué nos depara la tarde. Si hasta llega el avituallamiento, qué ratito más majo para respirar un poco. Segunda regla no escrita del ciclismo actual: no se ataca en los avituallamientos. ¿Adivinan? Eso en los ochenta… carrera abierta desde el kilómetro uno hasta la línea de meta. Puñaladas, traiciones, actitudes canallescas. Qué hermoso todo.

La jugada corre a cargo del Système U. Cyrille Guimard, Laurent Fignon. También Charly Mottet, que está bien situado y parece optar al pódium. Pero es lo de menos. Lo otro importa, lo otro. Que Tapie y toda su banda paguen por los dos añitos que nos han hecho pasar. De nuevo Ocaña, después de la etapa. “No entiendo a Système U, salvo que corran para fastidiar a Bernard”. Pues eso, no podemos ser más claros, aunque nos hagamos los tontos.

De nuevo Ocaña, después de la etapa. “No entiendo a Système U, salvo que corran para fastidiar a Bernard”

Así que otra vez persiguiendo. Por delante todos los favoritos, comiendo entre hipidos, guardando cuatro o cinco menudencias en sus maillots. Por detrás Jean-François, que a estas alturas tiene el mirar un poco cruzado. Qué puto día, qué bien estaba en el hotel, leyendo la prensa. ¿Esto es siempre así? Porque a lo mejor el ciclismo no me pega, ¿eh?, yo prefiero algo tranquilito, trabajo de oficina. En fin. Conseguirá cazar más adelante, pero va completamente sentenciado. Su candidatura como ganador del Tour termina allí, en ese terreno quebrado camino de Villard-de-Lans. Volveré más fuerte al año siguiente. Pero no, nunca más tuvo opciones. Jean-François Bernard acabó como (buen) gregario de Miguel Indurain antes de volver a Francia para vestir dos de los maillots más feos de siempre (Chazal y Agrigel, por si están pensando en regalar algo original a su cuñado).

Delante, ataques. Sobre todo uno. El definitivo, el que va a marcar la Grande Boucle. Arranca Pedro Delgado, a su rueda sale Stephen Roche. Pronto cruzan miradas, ponderan intereses. Los dos colaboran. Tipos solitarios, corredores de un mismo equipo… el suyo. Delgado lleva maillot del PDM, pero los holandeses pasan bastante de él. Solo Knetemann lo ha ayudado a preparar alguna emboscada en el plano. El resto… ausentes. Me duele la falangina del dedo meñique. Tengo molestias en el cartílago de la oreja izquierda. Hace viento y me caigo. Hace calor y no veas qué sed. Steven Rooks y Gert-Jan Theunisse dan para lo que dan, tampoco nos engañemos. Trotones en llano y repechitos, incapaces en las cumbres. Rooks, por ejemplo, ha sido el 154 (undécimo por la cola) en Mont Ventoux, y se retirará en Villard-de-Lans después de entrar de los últimos. Raro es lo que vino más tarde, créanme. Pero raro de verdad. En ese momento Pedro es un uomo solo. Al menos su maillot sí que es bonito…

Perico Delgado se llevaría su revancha en 1988. (RTVE)Perico Delgado se llevaría su revancha en 1988. (RTVE)Perico Delgado se llevaría su revancha en 1988. (RTVE)

¿Y Roche? Bueno, lo suyo es peor. No es que no le ayuden en Carrera, es que lo quieren matar. Ganó el Giro de Italia después de apuñalar a Visentini camino de Sappada (en serio, los ochenta eran otro mundo), y el italiano, pelín picado, estuvo a punto de liarse a hostias con él en la cena. Después pasó unos días cruzándose en los descensos, intentando que Roche cayese, sonrisita de “ya verás, ya”, según cuenta Stephen en su autobiografía. Unas risas. La afición italiana, que tiende a pasional, tampoco se tomó muy bien la traición y llenó al irlandés de escupitajos mientras subía Marmolada. Como si no costase ya suficiente eso de la Malga Ciapela. Ah, por ahí pululaba Robert Millar, viejo conocido de Delgado. Si es que el mundo es un pañuelo…

Pues eso, dos parias. Bueno, uno más que otro, pero ustedes me entienden. ¿Saben eso de los trenecitos y los bloques agrupados que tanto vemos en el Tour últimamente? Pues olvídenlo. Una cosa de tú a tú, que es más noble. Bueno, menos por lo de las perfidias, y los ataques que, hoy, irían seguidos de un video en instagram, lo siento, me he equivocado, no volverá a pasar…

Parece que Pedro Delgado ya no es solo animador de cordilleras, sino aspirante a algo más

En meta Pedro gana su tercera etapa en el Tour, primera fuera de los Pirineos. Parece que ya no es solo animador de cordilleras, sino aspirante a algo más. Roche, por su parte, arrebata el amarillo a Jean-François Bernard, que entra jurando en francés. Merde. Enculé. Putain. Salaudes. Nique ta mere! Connard. Esas cosas. Ya ven, en el idioma de Molière todo suena más fino.

En fin, que desde Villard de Lans aun quedaba mucho Tour, porque aquel año la carrera se fue casi al mes de duración. Menos lloros, que cobráis de sobra. Quedaba, por ejemplo, que Perico cogiese al liderato en Alpe d´Huez, día de calor extremo en el que Roche suda como una mula arando tierra. Quedaba La Plagne, con el segoviano atacando desde Segovia y el irlandés desvanecido en meta, oxígeno, ambulancia, sonrisilla de picaruelo en el rostro. O eso cuentan. La Joux Plane, que tiene una bajada malísima. Y Dijon. Crono. Exhibición de Bernard (en qué estaría yo pensando, joder, menuda bocaza la mía), Roche otra vez de amarillo. Doblete. Antes que él solo lo hicieron medianías como Coppi, Anquetil, Merckx o Hinault. Seamos serios, el nombre canta bastante en la lista pero… nada que reprochar en ninguna de las dos carreras. Y falta el Mundial. Digo yo que llegará muerto, pero vaya usted a saber, el tío está que le sale todo…

Hubo más Villard-de-Lans, claro, porque el sitio es tan ochentero como las BH. O los yonquis robándote cinco duros, que aquella década no tiene mucho que ver con Stranger Things, amiguitos. Al menos no aquí, vaya. En el 88 vuelve a ganar Perico (Perico y el perico también son omnipresentes esos años) . Cronoescalada y el Tour sentenciado en la etapa trece. Aquel día fue segundo Bernard (qué cabeza, macho, qué cabeza la mía) y tercero Rooks, mejorando 132 puestos respecto al año anterior. Vaya salto, ¿eh? En el 89 Fignon dejó muerto el Tour de Francia después de un ataque de lejos, portando el amarillo. Cincuenta segundos metía a Lemond en la general, que deben ser más que suficientes antes del epílogo parisino, creo yo. Por mucho manillar y casco y gafas y ziritione que saque el americano. En fin. Ah, tercero fue Rooks, que ya era un ogro declarado en Grandes Vueltas. Y, por terminar, en el noventa hubo otra cronoescalada. Para Breukink, que parece va a comerse el mundo. Segundo Delgado, tercero un tipo grandote llamado Miguel Indurain. El día antes hizo un esfuerzo supremo para poner en jaque la carrera (solo que la carrera no se dejó) y de cara a esa contrarreloj sus directores le dijeron que saliese relajado, a recuperar. Ya ven, si se descuida gana. Menuda fiera. Yo creo que el 91 es su año.

Veremos…

P.D. Para la elaboración de este artículo no se ha maltratado a ningún ciclista ochentero. Todo aquel que lo lea y quiera comparar con la etapa del Tour 2020 que acabó en Villard-de-Lans lo hará bajo su estricta responsabilidad.

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