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Pódium de la Vuelta a Colombia y sicario de Escobar: la triste historia del Chalo Marín

Es 5 de mayo de 1979. Salieron de Tolima, van hasta Bogotá. Los ciclistas, los corredores. Decimotercera etapa de la Vuelta a Colombia, penúltima aquel año. Son 157 kilómetros, y todo parece decidido. Lleva la camisola de líder un tipo llamado Gonzalo Marín. Antioqueño, le dicen ‘el Cóndor de los Andes’. Casi de forma irónica, porque escalar nunca fue lo suyo. Embalador, que es como conocen allá a los sprínters. Uno de los mejores en su tiempo. Etapas por la Vuelta a Antioquía, por el Clásico RCN. También actuaciones destacadas más allá de las fronteras. Juegos Panamericanos, segundo en el Girino un lustro antes. Allí lo adelantó Leone Pizzini. Lo de ahora va a ser aún más doloroso.

Marín corre para el equipo Freskola, la gran escuadra de Medellín. Tan importante que hasta llevan dos conjuntos para la Vuelta. Freskola A y Freskola B, porque hay refrescos para todos. Por allí también aparecen las Pilas Vartas, las Pilsen Cervunión, Licorera del Valle, Lotería de Boyacá o Caficentro de Tuluá. Hasta una selección cubana, por aquello de internacionalizar la prueba. A Marín lo llaman el Chalo, y es ciclista ya curtido, cercano a la treintena, con dos terceros en la Vuelta, 1972 y el año antes. Un líder solvente, confiable. Solo que… tiene problemas. ¿Dónde? En las subidas, en los puertos. Y aquí, sepa usted, todo son puertos. En fin.

Marcos Pereda

Así que sucede. De forma casi inevitable. O no. Ataca Rafael Antonio Niño, que unos años antes corrió para la Jolly Cerámica pero acabó aburrido de trabajar para otros y chupar frío por las pruebas transalpinas. Ataca Niño (el mejor palmarés de siempre en la Vuelta, el mejor palmarés de siempre en el Clásico RCN) subiendo Las Rosas y saltan con él otros hombres. Carlos Julio Siachoque, por ejemplo, que termina ganando el parcial. Y él. Alfonso Flórez. Compañero del Chalo en Freskola. Quien le arrebatará el primer puesto de la clasificación general. Muchos tomaron aquello como alta traición. Decían que la esposa de Alfonso estuvo semanas recibiendo amenazas de muerte por teléfono. Todas con acento paisa, añadía la buena señora. En aquel momento no le dio importancia. Años después… años después todo hubiese sido muy distinto.

De Flórez (orgullo frente al soviético, final amargo) les hablamos en su día. Hoy toca contarles cosas de Marín. Y de Siachoque, casi por inercia. De un tiempo que fue otro, que fue peor. De historias que muchos quieren olvidar… Marín era bueno, dijimos. Victorias aquí y allá. Muchos equipos. Telecom Antioquia, Postobón, Club Líster, Castalia, Freskola, Pilsen Cervunión. En 1981, justo la temporada antes de retirarse, recaló en uno especial. Bicicletas Ositto. Quítenle una de las dos “tes” y les queda “Osito”. Pongan un “Escobar Gaviria” detrás del apodo y busquen… Ese era el patrón de la escuadra. Años extraños.

Los 100.000 dólares abandonados

Allí coincide con Fabio de Jesús Arias, Efraín Guevara, Manuel Ignacio Gutiérrez, Luis Enrique Murillo, Efraín Pulido y los hemanos Rafael Antonio y Ramón Jesús Tolosa. Equipazo. Conquistan el Clásico RCN con Manuel Gutiérrez, la Clásica de Oriente con Efraín Guevara. Pero no destacaban por eso. O no especialmente. Tenían otras cosas. El patrón, que era particular. Antiguo ciclista más que competente. Luego fotógrafo, periodista, organizador, director. Y lo otro. Lo que ustedes ya han encontrado por la Red, lo que les picotea en la memoria. “Hermano de”. También estuvo en La Catedral, por ejemplo. Un día abandonó 100.000 dólares en mitad del campo antioqueño, porque le pesaban mucho mientras escapaba de sus perseguidores. “Usaba la bolsa como almohada y aquello olía muy mal”. Rellenen huecos. Imaginen escenas.

Ah, el equipo Bicicletas Ositto fue también pionero del márketing. Al final de cada etapa tenían a un paisano disfrazado de oso para hacer publicidad de la marca. Fotos con los niños, abraza al osito, qué muchachas tan guapas, sonrían, digan “surrealismoooo”. El único problema es que también obsequiaba muestras de sus productos, como hace la caravana publicitaria del Tour de Francia. ¿En pocas palabras? A nuestro adorable osito (más bien a un tal Eduardo Avendaño, que era quien iba dentro del traje) lo expulsan de la Vuelta a Colombia, año 1981, por repartir marihuana entre espectadores y miembros de la organización, todos ellos con ojos así como de sueño. Ustedes me entienden. Ese tono. El equipo muy normal pues no era…

Tampoco el único. Con antecedentes raros, digo. A ver, no se me lleven las manos a la cabeza, que aquí hubo un club de fútbol con Sito Miñanco de presidente. Y lo que no sabremos de las altas esferas, oigan. Así que nada de señalar con el dedo, que está fatal. Decíamos que hubo más. Perfumerías Yaneth, por ejemplo, que suena a bar de esos con lucecitas rojas. Y no, equipo de ciclismo. Bueno, además, puntero para la época. Con tendencia al pluriempleo, además. Perfumerías Yaneth era, también, escuadra de José Gonzalo Rodríguez Gacha, a quien todos llamaban el Mexicano, uno de los fundadores del Cartel de Medellín. Lo usaba como forma de lavar dinero sucio. Digamos que era realmente aficionado al ciclismo, por eso se encaprichó con el asunto, y que su patronazgo en modo alguno mancha (en modo alguno debe manchar) el nombre de todos los que formaron parte de la escuadra. Pero en algunos casos, como Siachoque (¿recuerdan?, el ganador de la etapa con la que empezamos nuestra historia), ese vínculo acabó por estrecharse.

El Chalo abrazado por los aficionadosEl Chalo abrazado por los aficionadosEl Chalo abrazado por los aficionados

Fue por chivatazo, un soplo de esos que llega desde informantes sin nombre. Año 1996, Operación Triángulo. Rastreo de drogas y armas, nada menos. También pillar a los infracteros, si fuese menester (o hubiera posibilidad). Barrio San Antonio, Bogotá, once y media de la mañana, 22 de noviembre. Más de sesenta policías entran en casa de Siachoque. No pasa nada, no se asuste, permita que hagamos nuestro trabajo. Dejan sueltos a los perros, olfatean golosos. Al final ladran, enfurecidos, frente a unos sacos de café, como si fuesen un tertuliano a primera hora de la mañana. Los polis retiran arpillera y dejan a la vista una tonelada métrica de coca. En el mercado yanqui, por ejemplo, hubiese tenido un valor superior a los cuarenta millones de dólares…

Siachoque consigue escabullirse, y se tira los siguientes dos años así, intentando dar esquinazo a la justicia. “En este mundo vale la palabra, no la chequera. Siempre he cumplido lo que digo. Por eso sigo vivo, creo”, dijo mucho más tarde, en una entrevista. Se entregará en septiembre de 1998, y es juzgado por un “juez sin rostro”, medida de emergencia en aquella Colombia luego anulada, al considerarse que eran violadas presunción de inocencia y derecho de defensa, pues se desconocía el nombre de los fiscales…

Marcos Pereda

En cuanto al ciclista… Nueve primaveras en la cárcel, dicen los papeles de la sentencia. Prisión de Ubaté, año 1999. Salió 33 meses después, tras reducciones de condena por trabajo y estudio… Claro que nosotros venimos a hablarles del Chalo. Del Chalo Marín. Fuera de la bici, sobre todo, una vez abandonado el ciclismo. Sí, esperen, ya llegamos. Hay que poner algunos antecedentes, pero ya llegamos.

Solo en los tres últimos meses de 1989 se producen unos 300 atentados terroristas en Colombia. Los autores últimos son dos grandes aficionados al ciclismo. ¿Tú quién crees que gana el Tour? ¿Lemond o Fignon? Ese tono. Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha. Igual les suenan, los citamos más arriba. Ambos querían quebrar la fortaleza del Estado, y hacerle dar marcha atrás en el plan (o idea lejana, vaya usted a saber) de reiniciar la bilateralidad de la extradición con los Estados Unidos.

La paradoja es que ese clima tornó tan habitual que apenas se palpaba. Todo era tan surrealista que hasta el surrealismo se dejaba estar. No tenía impacto, impresionaba cada vez menos. Si ustedes piensan que en tal caso lo lógico hubiese sido cesar con las masacres les felicito… son personas normales y empáticas. Los narcos, como no lo eran, ordenaron un golpe mayor. Uno tan grande que nadie pudiese mirar a otro lado.

El atentado en Colombia

6 de diciembre de 1989. Un autobús propiedad de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá se detiene justo frente al edificio que alberga la sede del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS). Pleno barrio Paloquemao, en la capital. Nadie lo sabe, pero en su interior alberga 500 kilos de explosivos. Son las 7:32 a. m., y alguien (alguien) presiona un botón. Detonación brutal, monstruosa. El bloque queda casi derruido, los cercanos también. Más de 300 tiendas, 15 bancos, apartamentos, juzgados… No es, claro, lo peor. Se calcula que murieron 104 personas, y más de 600 resultaron heridas. El más grave atentado que jamás hubiera sufrido Colombia. Paradójicamente aquel día Miguel Maza Márquez, el director del DAS, objetivo principal, no se encontraba en su despacho…

(Maza Márquez agradeció públicamente la intercesión divina. “Me he salvado gracias a la ayuda del Divino Niño”. Eso jodió bastante a Pablo Escobar, quien se había encomendado al mismo Divino Niño para que la misión saliera bien. Las cosas, a veces, serían para troncharse si no fuesen tan serias). Las investigaciones dan para libro. Si es fácil identificar al promotor último (Escobar), cerrar vínculos más directos no es tan sencillo. Un submundo de alias, apodos, sobrenombres y palabras a medio decir. Entonces, en 1993, salta a la prensa uno de esos seudónimos.

Chalo apretó el botón

El Chalo Marín. Ciclista. Que corrió en el equipo de los Escobar. Hasta familia (lejana) eran, que un primo suyo fue cuñado de Pablo. Todos sospechaban, entonces, que tenía relación demasiado estrecha con el hampa de Medellín. Pero nadie, nadie, podía creer lo cerca que se encontraban de un auténtico psicópata.

Al parecer fue Gonzalo Marín (Chalo del todo en su nuevo oficio) quien dio orden directa. El encargado, en otras palabras, de hacer clic. Nada menos. A sus espaldas, más de 100 muertes. Y eso solo aquel 6 de diciembre. Claro que todo eso, esas conclusiones, el repudio de un pueblo, no pudo verlo Marín. Llevaba tres años fallecido para entonces. Vive peligrosamente, muere como viviste, dicen. Fue el 25 de abril de 1990. Encontraron su cuerpo en una barbería. Frío, con moretones, quemaduras, cortes aquí y allá. La chaqueta completamente vacía. No hay cartera, no hay cadena de oro, ni anillos. Todo falta. Completamente vacía. Salvo por una cosa. Un pequeño papel que acreditaba su visita a La Paz, prisión de Alta Seguridad que hay cerca de Itagüí. Allí pasaba sus días Roberto Escobar. Sí, el Osito de nuestro relato. Casualidades, ya ven…

Marcos Pereda

¿Quién había matado a Marín? Reivindican pronto su ejecución. Los Pepes, grupo paramilitar que toma su nombre de las palabras “Perseguidos por Pablo Escobar”. O, si lo prefieren, justicieros que decidieron combatir terror con terror más grande, desatando una oleada de asesinatos contra todo aquel que pudiera estar relacionado con el Cartel de Medellin. O pasase por allí, vaya. No solamente recibían información privilegiada de Policía y Ejército, sino que estaban en contacto directo con la DEA. Conspiración, con lo que nos gustan.

Firmaban sus obras, porque querían diferenciarse del ajusticiamiento indiscriminado de los narcos. Lo del papel sobre Marín fue un signo. A veces eran más explícitos. “Muerto por trabajar para el narcoterrorista y asesino de bebés Pablo Escobar”, por ejemplo. El problema es que el “ojo por ojo” suele funcionar solo para quedar todos ciegos…

Ya ven, cuando las bicicletas fueron, solo, recuerdo del pasado…

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