Deportes

Sus compañeros se despiden de Mata: “En la redacción nos conjuramos para no defraudarte”

Ha muerto nuestro compañero Carlos Matallanas. Los que tuvimos la fortuna de compartir redacción con él, aprovechamos este espacio para despedirnos y agradecerle el ejemplo de coraje y ganas de vivir que nos deja.

Víctor García, amigo y periodista

Carlos era y es un ejemplo de lucha y un abanderado de prohibir los ‘minutos de la basura’ en la vida, pero más que eso, para mí era y es un referente de lealtad y fidelidad a unos principios y una educación (made in Andrés y Maribel). A partir de aquí, desde este punto de partida tan sólido y primitivo, tomaba cada decisión en la vida. Era y es genuino, coherente, honesto… Ojalá Mario, ‘Blanca’, Diego, Erik y un largo etcétera de futuras personas también entren y salgan constantemente de su propio almacén de valores a la hora de tomar cada decisión en su vida. Y ojalá dicho almacén se parezca al tuyo, Carlos.

Suena extraño, pero era ahora, en 2021, 14 años después de nuestro primer encuentro en la redacción de El Confidencial (aquel garaje de la carretera de la Playa…), cuando íbamos a juntar todavía más nuestros caminos en busca de varios retos mayúsculos. Todos divertidos y emocionantes. Se quedan en el tintero, aunque has dejado la pluma y tinta suficiente como para que nosotros continuemos escribiendo. Espero que lo hagamos bien.

Carlos Matallanas

Cómo no, al final tenías razón con eso de que “no voy a llegar a los 40”. Por 40 días te has librado de que te dijera que estabas equivocado. Aunque, en el fondo, no es así, Charly. Nos has regalado tantas cosas, tantos minutos extra, tanto carrete por delante que el próximo 18 de abril no nos dejas otra que celebrar tus cuarenta palos. Has sembrado motivos suficientes como para brindar con ‘mata-osos’ cada día de nuestra vida.

Muchas gracias por el espejo que me has regalado para el resto de mi vida. Tu cariño, consejos y amigos que me dejas para siempre. Te voy a echar mucho de menos.

(Puede leer la despedida completa aquí).

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Nacho Cardero, director de El Confidencial

Hoy se nos va uno de los hijos más queridos, Carlos Matallanas, periodista, deportista, luchador incansable, amigo y, sobre todo, una buena persona. Dijo George Orwell que, llegados a una edad, cada uno tiene la cara que se merece. El rostro de El Confidencial es y será siempre el de Carlos. Tan es así que una imagen suya preside una de las paredes del periódico.

El rostro de El Confidencial es y será siempre el de Carlos

Recuerdo con cariño sus inicios en el medio, sus ganas de comerse el mundo, aquellas noches eternas con Víctor García en la redacción tratando de poner en órbita una sección, la de deportes, por la que entonces pocos creían. También recuerdo con nostalgia la presentación del libro ‘Mi lucha contra la ELA’ en el Centro Superior de Deportes (CSD), editado por El Confidencial y con diseño de Alberto Corazón, fallecido recientemente.

Se me hace un nudo en el estómago de solo recordar aquellas imágenes. Desde aquí, nos conjuramos para no defraudarte, Carlos. Preservar tu legado y devolver a la sociedad todo lo que hemos aprendido de ti en la lucha contra la ELA, todo lo que nos has dado.

Descansa en paz.

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José Félix Díaz, redactor jefe de Marca

El dentista me ha dejado la boca como dormida. Llevo así una semana”. Era el verano de 2013. Una frase más entre muchas en una comida playera en Roche, en nuestro Cádiz.

¿Te acuerdas Carlos? Jugabas al fútbol en el Portuense, ibas a empezar a hacer el curso de entrenador, pero siempre ponías por delante a nuestro Confi. En esa comida, Nacho fue uno de los protagonistas por los cambios que quería hacer en la sección. Nacho no estaba por Cádiz. Menos mal.

Con el paso del tiempo esa frase desgraciadamente dejó de ser una más de una comida y Carlos fue el primero en darse cuenta de que algo malo venía en camino. Su valentía ante todo, su orden, sus valores y su manera afrontar los problemas le han llevado a luchar y plantar cara a esta cruel enfermedad durante casi ocho años.

Otros nos hubiéramos escondido a la espera de la guadaña, pero a Carlos le gustaba eso de buscar solución a todo y por eso ha peleado durante todos estos años. Pero no para él. Sabía que era algo definitivo. Quería que alguien pudiera acabar con la enfermedad para evitar el sufrimiento ajeno.

Era el perfecto mediocentro. Organizaba y repartía como nadie. Pero no solo en el fútbol. En la vida y en el trabajo era igual. Me lo demostraste en El Confidencial haciendo equipo con Víctor y en cada paso que diste en tu desigual pelea contra el enemigo.

Descansa Carlos. Tu legado queda para siempre. No te olvides nunca de aquella maravillosa tarde en Sanlúcar, en las carreras, como yo no me olvidaré jamás de ese minuto 93 de Lisboa, a tu lado. Avisabas de que hasta que no pitara el árbitro… y qué razón tenías. Tu Atleti te debe una.

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Carlos Hernanz, amigo y periodista de El Confidencial

No sé cómo se escribe el obituario de un amigo. Pensé que tendría algo de destreza, sobre todo después de meses haciendo semblanzas de personajes públicos que se han ido por culpa de la pandemia, pero ya me doy cuenta de que esto nunca se entrena. Aun así, quiero que estas líneas sobre Carlos Matallanas estén a su altura, aunque tampoco llegue a conseguirlo.

El amigo Mata, el pequeño gran Carlitos, nunca dejaba indiferente. Se le veía venir. Era transparente. Incluso testarudo. No engañaba. Y además, lo impregnaba todo con una pasión arrolladora. Para todo, a su lado, yo me veía pequeño: como periodista, como melómano, como futbolista, como colega, como atlético… Lo tenía claro. Yo quería ser un poco como Mata.

Yo quería ser un poco como Mata

A partir de ahora, con el legado de su libro recién publicado, quedan solo los recuerdos de un tipo extraordinario. Compartimos algunos imborrables años de vida, esos en los que sobra energía y las responsabilidades todavía no abruman: noches de Honky Tonk, cocidos de domingo, cañas infinitas por La Latina, batallitas sobre Quique González, partidos con el Puerta Bonita…

Y todo fue antes de que esa puta enfermedad le secuestrara. A partir de entonces, como supondréis, la admiración por su ejemplo de vida fue absoluta. Rendido a su determinación y ejemplaridad. Para los que nos quedamos aquí, entregados a la vorágine estéril de Madrid, las palabras de Carlos servían muchas veces de guía, otras de refugio. Siempre merecía la pena ser como Mata.

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Raquel Benito, redactora jefe de El Confidencial

Mata fue ese tipo por el que hubiese sacrificado el gol en el minuto 93.

Recuerdo la tarde de antes de la final de Lisboa, yo paseaba por la ciudad con una sonrisa nerviosa, miré a mi novia y le dije: “Si el Madrid pierde, al menos Carlos verá a su Atleti ganar una Champions”. No lo dije con la boca pequeña, ni era un ‘sacrificio’ menor. Bien sabe él que para los que amamos el fútbol un partido así es caza mayor, uno de los momentos de nuestras vidas futboleras, y yo se lo hubiese regalado. Pero fútbol es fútbol… él gritó su gol, yo el mío, él siguió luchando y yo aprendiendo.

Gracias, Carlos.

Gracias por tu dignidad. Gracias por tu amor al deporte y a la vida. Gracias por tu integridad, tu lucha y tus ganas. Gracias por ayudarme a entender que se puede tener tanto amor propio como generosidad con los demás. Y gracias, muchas gracias, por querer a tus amigos (prometo cuidar y disfrutar de Víctor como tú hacías). Seguiremos partido a partido, hasta el final.

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Alberto Mendoza, amigo y periodista

Existe un gran relato de fortaleza y serenidad, de compromiso y superación, de inteligencia y resistencia. Ha quedado patente en los últimos años, en cada desafío a los embates de la enfermedad, en la rutinaria épica de quien convive con su silenciosa asesina, en cada palabra surgida de las pupilas, en cada artículo, libro, entrevista, evento reivindicativo y solidario. También existe una dimensión de ejemplaridad, de referencia ética, que obliga a quien la observa a elevar su propio nivel de exigencia, a cultivar el respeto hacia la azarosa circunstancia de vivir.

Esa historia es monumental, pública y pervivirá en los años venideros. Son innumerables las personas comprometidas con su memoria y con la continuidad de su lucha. Pero también hay otro relato que fluye de manera más discreta, pero con la misma fuerza torrencial. Es una disposición que se distingue a primera vista. Una suerte de ideología vital, un porte elegante en el mismo sentido que puede serlo la resolución de un problema matemático un artículo periodístico.

Carlos Matallanas

He leído a Carlos Matallanas desde septiembre de 2007, cuando nos conocimos en la vieja redacción de El Confidencial. La parte textual de su vida fue cobrando importancia, hasta ser relevante para miles de personas. Pude comprobar con cierta envidia como cada vez escribía mejor, incluso cuando su situación física se lo ponía más complicado, sus textos nunca decepcionaban. No solo en el cuerpo a cuerpo de un artículo de periódico, también en la guerra de guerrillas de las redes sociales.

Hace prácticamente un año, como ahora, la primavera se abría paso en Madrid. Mata redactó un hilo en Twitter donde imagina un paseo por sus calles, estrenando el buen tiempo: pantalón corto, gafas de sol, una caña bien tirada. En cada instante de su recorrido, la vida se despliega infinita, con toda su potencia. No se me ocurre mejor forma de seguir adelante que retomar el trayecto que con tanta claridad él supo concebir.

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Rubén Rodríguez, periodista de El Confidencial

“Tus chistes son peores que los de Mata”: eso es lo primero que me dijeron cuando llegué a El Confidencial. Poco después, te conocí y descubrí que eras alguien especial, no solo por tu humor, sino por tu forma de ser. Líder carismático, luchador incansable y de los de ofrecer soluciones en lugar de quejas.

Siempre que apareció un obstáculo, eras el primero en proponer una solución, apretar los puños y tirar con fuerza para superarlo. Y siempre demostraste una fuerza de voluntad enorme para sobreponerte y ayudarnos a los demás a superar los problemas del día a día. Me has enseñado muchas cosas a lo largo de este tiempo, pero si algo me ha marcado es tu capacidad para entender que las cosas vienen como vienen: aun cuando hay algo que no se puede cambiar, siempre podemos seguir luchando

El mejor ejemplo que se me ocurre es deportivo. Centrados muchas veces en tertulias de bar, con críticas hacia los árbitros por éste o aquél error en un partido, siempre aparecía tu mesura para poner orden: “El árbitro es un factor más del fútbol, como la lluvia, un poste o el banderín de córner. Lo que ocurra con él no se puede cambiar, sólo aceptarlo y hacer bien tu trabajo“. No sé si fueron exactamente estas palabras, pero en esencia la lectura era clara: aceptar las cosas como vienen y luchar para superarlas.

Tu legado quedará siempre entre nosotros y tu inspiración servirá para ocupar el espacio que dejas. La pelota sigue rodando pero, desde ahora, lo hace mucho más triste.

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Alfredo Pascual, periodista de El Confidencial

Reconozco que no supe clasificar a Mata cuando lo conocí, hace casi diez años. Por entonces ya era un fantástico periodista deportivo, pero por su aspecto a mí me parecía un futbolista semiprofesional, de esos que a veces te toca marcar en las ligas municipales y te arruinan el domingo. Mis sospechas se confirmaron en la primera pachanga de trabajo en la que coincidimos: el tipo era tan fuerte, tan grande y tan rápido, que no tenía sentido pedirle el balón, tan solo había que esperar a que él solo destruyese a los contrarios.

Pero Mata era mucho más que un gran futbolista.

Hace un par de años recibí un mensaje suyo. Me decía que, por su enfermedad, necesitaba un equipo de cuidadores todo el día, y que le sorprendía que todos viniesen de un pueblo cercano, Trebujena. “Es una cosa muy rara, seguro que aquí hay una historia”. Así que cogí el primer AVE y me planté en el Puerto de Santamaría, a donde se había mudado antes de detectarse su enfermedad.

El reportaje de Trebujena me importaba poco, sinceramente. Mi objetivo en ese viaje era conocer un poco más a Mata; sentarme con un tipo que, ante una de las enfermedades más cabronas que conoce el ser humano, estaba plantándole cara más fuerte, grande y rápido que nunca. Los músculos no le respondían, pero le bastaban las pupilas para expresar un coraje y unas ganas de vivir que, créame, jamás había visto en otra persona. Hay muchos periodistas y futbolistas excelentes, pero ninguno como Mata.

Hay muchos periodistas y futbolistas excelentes, pero ninguno como Mata

Por supuesto, había reportaje, porque Mata desde su cama lo veía todo, desde un posible fichaje para su Fuenla hasta un desajuste laboral a 35 kilómetros de su casa. Aquel texto lo escribí en el tren de regreso con prisa, como es habitual en este oficio, con la presión añadida de estar a la altura de las expectativas de Carlos. Además, por lo ajustado del plazo de entrega, pensé que no le daría tiempo a revisarlo.

Volví a equivocarme con él. En apenas una hora, Mata reestructuró, añadió y recortó el reportaje con las pupilas. Su mirada lo hizo mejor, porque era tan buen periodista como pelotero. Lo último que supe de él es que estaba orgulloso y que quería presentarlo a algún premio. Yo lo haré por ti, compañero, con orgullo. Gracias por tu ejemplo.

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Carlos Sánchez, director adjunto de El Confidencial

Querido Carlos, allá donde estés. Recordaba hace unos minutos a Raquel Benito el primer día en que nos vimos en aquel legendario adosado de la carretera de la playa, que por sus dimensiones era muy distinto al de Bill Gates o Steve Jobs. Allí nació El Confidencial. ¿Y sabes porque creo que ya llevamos dándole a la tecla 20 años? Pues, precisamente, por gente como tu, o, mejor dicho, por la humildad que transmitías (nunca gritabas aunque supieras que llevabas razón) y, sobre todo, por las ganas de aprender. Por las ganas de ser útil a todos, que en el fondo es para lo que sirve el periodismo.

Da lo mismo que sea un exclusiva que afecta a los cimientos del Estado o contar cómo ha quedado un segunda B. Eso es el periodismo, querer los textos, ser honestos con la verdad y, sobre todo, ser buenas personas. Es casi un tópico decir que para ser buen periodista hay que ser buena persona, como decía Kapuscinski, pero es verdad. En el Cuarto Poder, una peli maravillosa de periodistas, Bogart, que hace el papel de un viejo y curtido editor, le dice a un joven periodista que buscaba un empleo. ¿Eres un periodista o un reportero? El novato le responde, ¿Cuál es la diferencia? Y el editor le responde: “En que un periodista se convierte en un héroe de su relato y un reportero es solo el testigo”. Tú eres nuestro héroe.

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Alberto Pérez, subdirector de Vozpópuli

¿Se nos ha ido Mata? No, queda Carlos, Carlitos, y todo su enorme ejemplo de vida. Un ejemplo que es tu legado y que la ELA, esa puta asesina silenciosa que un día comenzó a mostrar sus huellas en una palabra que no sale, “un problema en el dentista”, dijiste, no podrá borrar.

Como en el campo y en la redacción, nunca te escondiste. Tuviste que colgar las botas pero seguiste –con toda la estirpe de los Matallanas- con tu lucha contra la ELA, con conciertos, haciéndola visible, reclamando medios para una atención digna de todos los enfermos, exigiendo el derecho a una muerte digna pero aferrándote a la vida día tras día.

Pasaron muchos más de los dos años que, dicen los manuales, tienen los enfermos de ELA. Te atrapó en un colchón frente al Atlántico, allá en Cádiz, pero tu mente siguió viajando: asesoraste a entrenadores, redactabas tus columnas sobre fútbol y vida, y hasta te dio tiempo de escribir un libro que acababas de presentar. Dicen que lo hacías solo con las pupilas, pero todos sabemos que era tu enorme corazón y el de todos los que te querían quienes lo hicieron posible.

Hoy, ya vuelves a cantar a pulmón las canciones de Rosendo y a correr por un campo de fútbol tras ella: “Dime dónde vas, bonita, que yo te sigo…”. Gracias, Carlos. Fue un honor conocerte. Cuánto aprendimos de ti…

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Javier Rubio, periodista de El Confidencial

Íbamos a comer, a veces con Víctor García. O solos. Y pasábamos la mayor parte del tiempo hablando de fútbol. Pero no de la actualidad, sino de la pasión de jugar al fútbol. De cómo el fútbol nos modeló mental, física y emocionalmente. De cómo nos sentíamos plenos y completos con un balón, los amigos, o los compañeros de equipo. De cómo ese sentimiento nos atrapó hasta dejarnos prendados y atados para siempre a aquellas maravillosas sensaciones que nos regaló. Por semejante adicción también nos refugiamos en el periodismo deportivo, modesta metadona para tan singular síndrome de abstinencia.

Pero tú seguías en activo. Tú tuviste el valor de exprimir tu pasión y jugártela en el mundo profesional. Lo lograste. Por eso te admiraba tanto. Y porque eras un tío de una pieza, con unos valores sólidos y rocosos como tu físico, que imponías a la realidad que te rodeaba. Me siento un privilegiado porque compartiste conmigo tus sueños de exprimir esa pasión hasta el último extremo: estabas totalmente determinado a convertirte en entrenador. Te lanzaste más allá de esa frontera de la certeza, la seguridad y las certidumbres. Te la jugaste y ganaste.

Necesitaba tiempo, no dinero. Necesitaba formarme, no dinero. Necesitaba soñar, no dinero”, escribes en tu libro. Este eras tú, querido Carlos. Tus valores. Quienes no te conocieron sentirán la fibra que entretejía tu espíritu. “Jugué bien, diría que rozando la perfección. Y el contratiempo que me deparó el partido fue exagerado e injusto. Yo jugué para ganar, y es lo que quiero transmitiros. La desgracia me pilló con los deberes principales hechos”. Como diría Epicteto, en aquello que dependía de ti, ganaste siempre, Carlos.

En la medianoche del pasado viernes recibí un mensaje tuyo, uno de los regalos más emotivos que he recibido en mi vida. Pasé dos horas mirando al techo, con lágrimas en los ojos. Tus palabras siempre estarán en mi escritorio. Solo mi círculo íntimo las conoce. Pero sí me permitiré reproducir aquí mi respuesta para que todos te recuerden para siempre como eras, como eres. “Ayer, leyendo las páginas finales pensaba lo mismo de siempre, y lo que te dijo tu abuelo. Lo tenías, y lo tienes. Eras un futbolista de una ética inconmensurable. Y eres todo un entrenador de fútbol, al margen de las circunstancias. Me guardo tus palabras con un inmenso tesoro. Nunca las olvidaré. Como dice Rubén, inmenso abrazo de gol”.

Algunas almas llegan con un singular aunque doloroso gran destino. El tuyo era entrenar a un equipo de fútbol, aunque con tu espíritu y ejemplo únicos te has convertido en un entrenador universal para enseñarnos, a todos, a jugar mejor en el partido de la vida.

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Álvaro Rigal, periodista de El País

Han pasado casi diez años, pero recuerdo la escena perfectamente. Estábamos en la redacción, había un partido del Madrid en la tele y el becario de Deportes no paraba de hablar al aire metiéndose con Arbeloa. “¡Es increíble lo paquete que es este tío! Jajajaja ¡Cono! ¡Que eres un cono!”. Nadie le estaba haciendo mucho caso, pero de repente le respondió una voz en seco:

– Calla un poco, que tú no sabes lo difícil que es eso.

Era Mata, claro, con esa voz grave que tenía antes de perderla, una voz que no necesitaba levantar para que se le escuchara. Mata sí sabía lo difícil que era eso, después de una carrera como futbolista semiprofesional, viendo a unos pocos llegar arriba y a muchos más quedarse por el camino.

Carlos Matallanas

He recordado muchas veces ese momento. Primero, como lección: piénsalo dos veces antes de criticar a la ligera lo que hacen los demás. Y segundo, como prueba de que, aunque muchos descubrimos la excepcional humanidad de Mata después de ser diagnosticado de ELA, no fue la enfermedad la que le hizo así.

Sus artículos, sus libros, y su espectacular actividad divulgativa en los últimos años solo fueron una expresión especialmente visible de su manera de ir por la vida: dignidad, respeto, coherencia y honestidad consigo mismo y con los demás. Los que nos cruzamos con él fuimos afortunados.

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Eduardo Segovia, periodista en OkDiario

Cuando me acababa de divorciar y me encontraba en ese estado de desconcierto mezcla de ganas de salir a ‘ligar’ y la indecisión y la torpeza de muchos años sin practicar, Mata me acogió en sus brazos pese a ser considerablemente más joven que yo (o precisamente por eso), me redescubrió la noche madrileña y me hizo reír mucho -sí, sus míticos chistes malos- en un momento muy duro y tenso en mi vida. Recuerdo sus míticos ‘Matacumples’, uno en especial en el que un grupo de compañeros del Confi de entonces -Víctor García, Alberto Mendoza, Ángel Martínez, María Igartua, Esther Arroyo, Santi Cordera, entre otros- casi acabamos a tortas con el vigilante de un garito.

Todo el mundo elogia su faceta de deportista y periodista, y su sobrecogedora lucha contra su enfermedad. Pero yo prefiero recordar ese Mata alegre, jovial, divertido. Ese Mata que te decía “esa no se me habría escapado sin darme el teléfono”, que aprendía a tocar el bajo, que te explicaba por qué la cerveza es mil veces más sana que la Coca-Cola. Ese Mata que me regaló por mi cumpleaños la grabación en MP3 (entonces había que comprarlas) de un concierto de Metallica en el que habíamos coincidido y con la que descubrí lo mucho que desafina James Hetfield en directo. Ese Mata que sabía disfrutar de lo bueno de la vida, aunque fuera del Atleti (nadie es perfecto), y que lo disfrutó hasta el último momento pese a el terrible estado en que le dejó la ELA. Y seguro que seguirá disfrutando allá donde esté. Hasta siempre, amigo.

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Ulises Sánchez-Flor, periodista de El Confidencial

Carlos Matallanas hizo un equipo de fútbol sin saberlo. Tenía pendiente a un gran número de periodistas deportivos y no deportivos, por no decir la totalidad de la profesión, de su partido para combatir la enfermedad. Lo hacía dando lecciones de vida. Todos estábamos en el equipo de Carlos Matallanas, aunque no le conociéramos personalmente. Era nuestro líder, el capitán y cuando él lanzaba el mensaje había que leerlo con atención porque eran profundas reflexiones. La verdad. Nos apasionaba su capacidad para analizar el fútbol y su espíritu combativo en las peores circunstancias. Se convirtió en un referente para todos que trascendió a la sociedad por sus valores.

El viernes me hice uno de los mejores regalos que ahora guardo como un tesoro. Me compré su libro, del que su hermano Javi Matallanas me hablaba maravillas. “Te va a molar, Uli. Está guapísimo!!”, me dijo Javi. Lo devoré. Estaba en la sección de libros de autoayuda y eso me hizo reforzar mi idea de admiración a Carlos. Es él quien ha sido capaz de dar luz un libro para ayudar al resto de personas que necesitamos algo a lo que agarrarnos para seguir con la rutina del día a día, para no flaquear, superar el hartazgo que provoca el año de pandemia y diferentes bajones emocionales. Cogí el libro con todo el respeto y el deseo de descubrir más a fondo quién es Carlos Matallanas.

Víctor García

No le conocí personalmente. Pero me daba la sensación de que era una de esas personas que tienes permanentemente a tu lado por la visibilidad que daba a su enfermedad, el positivismo que transmitía tanto él como su familia, los amigos comunes que contaban de qué pasta está hecho y, por su supuesto, la fotografía tamaño gigante que tenemos en la sección de deportes de la redacción de El Confidencial. Carlos, de futbolista, en plena acción en uno de los tantos campos de fútbol por los que ha competido. De alguna u otra manera siempre estaba presente y se convirtió en referente sin conocerlo. Estaría en su equipo para lo que hubiera ordenado, para jugar de lo que me hubiera pedido y sin ninguna duda me habría sacrificado hasta dar la última gota de sudor porque esto es lo que él transmitía y representaba. La lucha.

No puedo dar más detalles que dejar un fragmento de su libro, ‘La vida es un juego’. Un libro futbolero, lleno de experiencias personales, anécdotas y sabiduría que ya es un motor vital en mi existencia. “Tened siempre muy claro que no hay minutos de la basura. Jamás. Que cada ocasión que se os presente de jugar es un regalo que nos hace privilegiados por el simple hecho en sí, y que merece ser aprovechado sea cual sea el resultado que campe en el marcador cuando nos elijan para abandonar el banquillo. Exactamente igual que vivir. Por encima de todo contratiempo, calamidad o derrota inminente que os aceche, estar aquí es nuestro mayor tesoro. Y bastantes días duros y extraños tenemos que afrontar en la rutina de nuestro camino como para no disfrutar de los pocos en donde podemos hacer lo que realmente nos da la vida y amamos con la pasión de un niño. Hay que exprimir nuestra existencia hasta la última gota, hasta el triple pitido final”. Gracias Carlos. Siempre en tu equipo.

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Fermín de la Calle, periodista de El Confidencial

Conocí a Carlos Matallanas antes de que le diagnosticaran el ELA, en uno de esos partidos que organiza su hermano Javier, compañero y amigo desde hace muchos años. Recuerdo que al acabar el partido me estuvo preguntando por el rugby y me habló de lo mucho que le gustaba el respeto y la dignidad en la derrota de este deporte.

Carlos Matallanas

Si alguien nos ha dado una lección de dignidad en lo personal y lo periodístico ha sido él. Yo quiero reivindicar lo segundo, porque en nuestro oficio siempre ha sido un referente en estos tiempos en los que se escribe al dictado y se compadrea con los clubes y los presidentes.

Cuando le diagnosticaron la enfermedad hablé con él un par de veces. Y siempre le vi animado, muy por encima de un escenario jodido como el que tenía enfrente.

Sin saberlo, Carlos fue un referente para mucha gente, entre ellos Michael Robinson

Recuerdo el día que Michael Robinson me confesó que tenía cáncer. “Es una putada y no me viene bien ahora porque tengo una nieta, Fermín. Pero tengo claro que voy a pelear y lo que me quede de tiempo aquí va a ser como yo quiera, no como la enfermedad decida. En eso tengo un ejemplo cojonudo con Carlos Matallanas“. Sin saberlo, Carlos siempre fue referente para Michael. Dos personas de luz.

Es una putada que se haya ido Carlos, aunque el final era inevitable. Falta gente que mire a la ojos problemas como lo hizo él y que nos sirvan de referencia en esta sociedad de oportunistas. Espero que Carlos descanse en paz y quiero mandar un abrazo grande a su familia, que también ha sido un ejemplo para todos durante esta larga convalecencia.

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Darío Ojeda, periodista de El Confidencial

Coincidí con Carlos Matallanas en mis primeros días en El Confidencial, en el verano de 2014. Él trabajaba entonces desde Cádiz, y durante varias semanas nuestra relación profesional fue telemática. Cuando terminó el Mundial de Brasil él se fue de vacaciones y ya no regresó. No supimos hasta un tiempo después la razón. Y cuando lo vi por primera vez en persona ya se notaba el avance de la enfermedad.

Desde entonces ha seguido estando muy presente. Con sus artículos, con sus libros y con una imagen gigante de él jugando al fútbol que nos acompaña en la redacción desde hace años. Una imagen que nos recordaba que ya no podía ser ese jugador, pero también su actitud en estos siete años de enfermedad, ejemplo para muchos que estaban igual que él o que tenían a familiares o amigos en la misma situación.

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Juan Soto Ivars, periodista de El Confidencial

Estamos contigo, tío

A mi llegada al periódico, cuando era totalmente desconocido y hacía una sección de fotos celtibéricas que no veía nadie, Carlos Matallanas fue uno de los compañeros más acogedores. Quedamos en intercambiar fotos porque él también era un aficionado a ejercer de Carandell, pero justo entonces lo tumbó la ELA. Pues bien, meses más tarde, un mensaje de Carlos me llegaba por sorpresa. Me pedía perdón por el plantón.

Yo, claro, aluciné. Le dije “tienes los huevos como cabezas de enano”, pilló la referencia de La Hora Chanante y desde entonces nos mandábamos mensajes con coñas vistas por ahí, o con artículos sobre Queen, un grupo que nos llenaba de ganas de vivir a los dos. Pero no es esto lo que me dejaba asombrado. Es que, si yo montaba una polémica atroz con algún artículo de los que me permitieron escribir más tarde, su mensaje no fallaba.

“¡Estamos contigo, tío!”

Una persona cuyo cuerpo se atrofia, que deja de hablar, que se paraliza entero y respira por un tubo, una persona que tiene que escribir moviendo los ojos porque no puede mover ni las manos, tiene -estaremos todos de acuerdo- poco tiempo para pensar en los problemas de los demás, más todavía si en vez de problemas son minucias. Alguien en estas circunstancias tiene la bendición de la sociedad entera para centrarse en sí misma, para el egoísmo. Le bastará luchar por lo suyo para que le llamen héroe.

Carlos no solo luchaba contra su enfermedad, sino que tenía tiempo para preocuparse por ti

Pero Carlos hacía más. Más de lo que le correspondía, de hecho. Porque no sólo peleaba, no sólo escribía artículos y libros desde la cama, no sólo emprendía cruzadas para luchar por los derechos de otros enfermos como él, no sólo cuidaba a su familia y se dejaba cuidar, sino que también, de pronto, ¡se preocupaba por ti! ¡Por uno cualquiera! ¡Por uno que ha visto en persona, creo, una sola vez!

Pienso que Carlos tuvo que preguntarse, reducido a un guiñapo, qué demonios es ser humano. Y creo que entendió que esto significa más que andar, más que hablar, más que deglutir, más que respirar. Entendió que el ser humano es un animal social, y desde su postración, desde su infierno, desde su patente de corso para el egoísmo se dedicó, hasta el final, a preocuparse por los demás. No hay muchas más personas como esta, de modo que hoy tenemos, por desgracia, una persona menos en el mundo.

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